Hoy 8.500 niños menores de 5 años van a morir. Una cifra intolerable, vergonzosa, que se repetirá mañana, pasado y al otro. Cada día, sí cada día, en el mundo mueren 8.500 niños porque tienen hambre, porque no han podido comer ni alimentarse de una forma adecuada en sus primeros 5 años de vida.

En pleno S. XXI, en plena era de la hiperconectividad, de los coches inteligentes, de los robots humanoides, de los teléfonos de última generación que se venden y compran por 1.500 euros sigue sin solucionarse el problema más básico, más viejo y más acuciante de todos: el del hambre. Debería estar en las agendas de todos los organismos internacionales.

De esto deberían de haber hablado y debatido en la ONU la semana pasada y haberse encerrado en esa Asamblea hasta encontrar una solución. Pero la mayoría prefirió llegar envuelto en su propio ego y soltar un discurso lleno de grandes palabras y de muy pocos compromisos.

Ni un solo acuerdo o propuesta para lograr que, al menos hoy, ni un solo niño, muera porque no tiene nada para comer. Y la cifra está ahí: 8.500 niños que no han tenido la suerte ni la oportunidad de nacer en este lado acomodado del mundo. Las sequías, las guerras, los conflictos, el cambio climático... les han robado su corta vida y su infancia.

8.500 niños a los que no podemos contarles que en este lado del mundo cada año, cada español, tira a la basura unos 250 euros en comida. Comida que compramos y que no comemos. Comida que se nos pasa en la nevera porque no aprendemos a hacer la compra de una forma más responsable. España es el séptimo país del mundo que más comida tira: casi 8 toneladas de alimentos al año acaban en los contenedores en nuestro país.

Unos tirando comida y otros muriendo porque no tienen nada con lo que alimentarse. Es el mundo absurdo en el que vivimos y sobre el que seguimos hablando y debatiendo con políticas que lo único que logran es cronificar un problema que debería avergonzarnos a todos. Acción contra el hambre cree que todo esto tiene una solución sencilla: hay investigación, hay avances que pueden ayudar a salvar a esos 8.500 niños condenados a morir hoy y a los otros 8.500 de mañana.

Un sobre de comida energética que solo cuesta cuatro euros y que sirve para alimentar de una forma correcta a un menor con graves problemas de desnutrición. Piden ayuda. Un millón de gigantes que se sumen a su iniciativa. Es fácil. Es sencillo. La pena es que los gobiernos y las instituciones no den un paso hacia delante y tomen las riendas de esto.

Es más fácil debatir sobre intangentes, sobre absurdos, sobre políticas que sirven para ganar votos pero no para solucionar problemas.