Generalizar es pésimo, así que intentaré por todos los medios que a quienes os gusta el fútbol, quienes vais cada fin de semana a un estadio, grande o pequeño, solo a disfrutar con vuestro equipo, no os sintáis identificados ni ofendidos. Me conformaría con eso, y me alegraría que al final del artículo os vierais como cómplices de lo que os voy a pedir.

Empieza a ser un ritual tener que contar cada lunes los insultos, agresiones o tanganas que se han formado en un partido de segunda B o de regional. Ser árbitro en estas categorías se está convirtiendo en toda una profesión de riesgo. Si eres una mujer, en un desafío, y si eres homosexual o de color, en una temeridad. Los campos de fútbol se han convertido en el vomitorio de las frustraciones de demasiados descerebrados y animales. Desde la grada se grita de todo, y casi nunca son piropos. Cuestionar al árbitro parece parte del ritual de ir a ver un partido de fútbol o baloncesto. Porque también pasa en las canchas de basket. Pero faltar al respeto, amenazar o incluso agredir es algo que se debería atajar desde el primer minuto y una tarea en la que deberían poner todo su empeño los comités de competición.

El último ejemplo, este fin de semana. Esto que van a leer es lo que se registró en el acta de un partido de regional preferente. Se lo decían al árbitro, cuya piel es de color negro: "Ojalá se te hubiera pinchado la patera, negro de mierda", "te debiste de joder la vista al saltar del cayuco", "debes de pitar tan mal por la mierda de raza, puto negro". Una de sus asistentes, en la banda, era mujer, y a ella también le cayó su ración de odio: "La putita de la otra banda cuánto cobra, que me la llevo a casa", "zorra".

Muchos están convencidos de que su hijo es el próximo Messi o Casillas del fútbol español

Ojalá esto solo fuera un caso aislado, ojalá. En categorías inferiores, de alevines, los insultos vienen de los padres de los jugadores. No me imagino qué les pueden decir después en el coche cuando se van a casa. Con qué cara les miran si han estado los 90 minutos con el odio inyectado en vena y en la garganta. Muchos están convencidos de que su hijo es el próximo Messi o Casillas del fútbol español. Y vuelcan en sus hijos sus propias frustraciones. No lograr el objetivo de ganar, de meter un gol, de triunfar, lo viven como el peor de los fracasos. Y se les olvida que a su hijo, seguramente, lo que más le gusta de jugar los sábados al fútbol es que es la excusa perfecta para pasar un rato con su padre.

Educar desde el principio en el respeto, al rival y al árbitro. Educar en espectadores respetuosos con su equipo, con el partido que han ido a ver. Espectadores que no tiren mecheros al campo en señal de protesta o botellas. Educar para que luego, en partidos de primera, seamos un ejemplo de público. No es mucho pedir.