Nos encanta ponerle etiquetas a todo, y si es con un anglicismo, mejor que mejor. Suenan a más nuevas, a fenómeno imparable que hemos importado desde el otro lado del océano, convertido en viral (ahí les he colado el primero del artículo, habrá más, no se preocupen), y lo más importante para que se consolide en nuestro vocabulario: la nueva moda no tiene remedio ni curación. Ejemplos: selfies, low cost, brainstorming, meeting, cool y la que más utilizamos últimamente, fake news.

Para cada unas de ellas hay palabras en castellano que la definen perfectamente, pero como somos de copiar y pegar, lo dejamos tal cual nos llega y lo abrazamos con tanto entusiasmo que enseguida nos colocamos a la cabeza de todas estas nuevas modas.

Ahora andamos de cabeza intentando no ser víctimas de las fake news, es decir, de las noticias falsas de toda la vida; de las mentiras, vamos, de los rumores, de los globos sonda que nos han lanzado siempre los políticos. Son seguramente la mayor amenaza sobre nuestra profesión, la que mina nuestra credibilidad. A Trump la expresión le debe de poner mucho, porque no hay día que no la suelte, casi siempre para contrarrestar su última metedura de pata o su último escándalo. Y es curioso, porque según el Washington Post en su primer año de mandato ha hecho precisamente de esa posverdad (ahí va otra), de esas falsedades o medio mentiras, el pilar de su política de comunicación. Dice el periódico que en un año ha contado unas 2.000 noticias falsas, más de cinco al día.

La semana pasada estuvo en Madrid hablando de esto el exdirector de la BBC. Para los periodistas españoles, la BBC es como la catedral del periodismo, la fuente de la sabiduría de la que todos queremos beber. Harding habló del futuro de esta profesión, de los desafíos a los que nos enfrentamos, de los errores que cometemos.

Pero también les señaló a ustedes, a quienes nos dirigimos, a nuestro público, a nuestros lectores, a nuestros espectadores. Les pidió que aprendan a leer y ver los medios de comunicación de una forma más pausada. No esperen saber qué ha pasado leyendo un titular rápido en una red social. Y empiecen a asumir que para consumir periodismo de calidad habrá que pagar.

Es lo mismo que se preguntaba en su último post Gonzalo López Alba. En ese artículo le tocaba decir adiós a Interviú, y recordaba que era la tercera vez que tenía que escribir sobre el cierre de una publicación. Se preguntaba si los ciudadanos se conformaban con el gratis total o preferían un periodismo de calidad. Seguramente nos quede mucho para asumir que quizás haya que pagar, como hacen los británicos, un canon por ver la televisión pública. O pagar para entrar en una página web de un periódico, los famosos muros. Pero la supervivencia del periodismo pasa sí o sí por esto. Lo demás, es propaganda disfrazada de información. Buenos días y buena suerte.