En su calendario hay marcado en rojo un día. Le han llamado el Día Cero, el día que definitivamente se quedarán sin agua en Ciudad del Cabo: será el 4 de junio. El cambio climático es para sus 4 millones de habitantes una durísima realidad. Llevan meses sufriendo una sequía histórica, las reservas de agua están en mínimos y durante los últimos años nadie se ha preocupado en invertir en nuevas infraestructuras, en mejorar los embalses o en instalar nuevas desaladoras. Solo cuentan con una para toda la ciudad. Muy insuficiente para el día en el que definitivamente los grifos se cierren y deje de salir agua.

Ahora mismo, la poca que tienen la racionan: solo cuentan con 50 litros diarios por habitante, y dicho así puede parecer mucho, pero piense que con esos 50 litros tiene que beber, cocinar, ducharse, poner la lavadora y limpiar. Y le puedo asegurar que para todo no llega. El otro día veía imágenes de cómo el ingenio suple la falta de agua: lavar la ropa a mano, metiéndola en una especie de nevera y agitando como si fuera una lavadora; los champús de limpieza en seco son desde hace semanas el mejor aliado para no llevar un aspecto desaliñado a la oficina porque lavarse bajo la ducha dándose incluso crema acondicionadora es todo un lujo.

Llevamos años hablando de cómo nos afectará el cambio climático, de cómo países y zonas enteras serán desérticas por la falta de lluvias. De cómo el nivel del mar aumentará por el deshielo de los polos. Y llevamos años escuchando a los negacionistas, algunos muy poderosos, decir que todo esto es una patraña inventada por los ecologistas. Pues bien: aquí está la evidencia más dramática. Una ciudad de 4 millones de habitantes, una ciudad que es de las más turísticas del país, completamente seca. Y no es la única. En 2015 en São Paulo hubo problemas con las reservas de los embalses. En Israel empiezan a tener los mismos quebraderos de cabeza. Pekín es otra de las grandes ciudades superpobladas en las que los cortes de agua son el pan de cada día.

Nada más llegar a la Casa Blanca, Donald Trump decidió salirse del acuerdo de París: el segundo mayor país emisor de gases contaminantes dejaba plantado al resto. Lo cierto es que en las agendas de los poderosos las palabra 'clima' e 'inversión' ni aparecen, y no hacer nada es el peor remedio para lo que se nos viene encima. Aquí en España hemos tenido un otoño seco y un invierno muy frío pero no muy lluvioso. Hay pantanos que a pesar de las últimas nevadas siguen en niveles preocupantes.

Hay soluciones tan sencillas que hasta da reparo apuntarlas: un informe hecho público ayer aseguraba que si Europa invirtiera en los próximos años en energías solares o eólicas, se reducirían hasta un 15% las emisiones de CO2 en el continente. Sol y viento. Lo tenemos a mansalva. Pero, oye, igual es una locura pensar que podamos tirar de lo que nos sobra ¿no?