Reconozco que siempre he creído que comía muy sano. Que no me alimentaba de basura, que mi tierra me había enseñado a disfrutar de la comida. Con unos padres nacidos en la ribera navarra, las alcachofas, los cogollos, los espárragos, la borraja o las acelgas han sido parte de mi menú infantil. Pero fue llegar a la edad adulta, independizarme, dejar de tener tiempo para aprender a cocinar y para hacer la compra, y empezar a comer lo primero que pillaba, casi siempre de la zona de congelados del supermercado o de la tienda del chino que había abierta cuando llegaba a las mil de trabajar. Así que durante unos años dejé de preocuparme de qué comía y me limité a subsistir. A comer bien cuando estaba fuera, y cuando llegaba a casa a tirar de platos precocinados y microondas.

Hasta que me casé con un vasco, tuve hijos y el buen comer volvió a ser motivo de ocupación, que no preocupación. De un tiempo a esta parte es verdad que me leo las etiquetas de ingredientes de cereales, galletas, lácteos...; alguna que otra intolerancia alimentaria ha llegado a mi vida sin avisar, así que saber qué como se ha convertido en algo importante. Pero sin volverme loca. Porque estamos en una época en la que hoy es malísimo abusar del aceite de girasol y mañana un estudio nos asegura que hay que incorporarlo a nuestra dieta si queremos evitar tal o cual enfermedad. Hemos aprendido qué es el aceite de palma y en cuántos alimentos de nuestra cesta de la compra está presente. Y, sinceramente, estamos hechos un lío... al menos yo.

Los supermercados ecológicos se multiplican en los barrios y las estanterías de frutas y verduras se llenan de productos cultivados sin pesticidas. Supermercados para bolsillos muy desahogados, porque llenar el carro de la compra para cuatro es un presupuesto. Pero, oye, ¡bravo! Estamos dando pasos en la buena dirección… o eso creemos. Porque estamos obviando un pequeño detalle en este boom de la comida bio: la cebolla cultivada como antaño nos la venden en una bandeja de poliespán, envuelta en varias capas de papel transparente y con una pegatina que nos insiste en que nuestra compra es eco-100%. Pero en realidad, es todo un despropósito: en esa cebolla hay dos elementos, el poliespán y el envoltorio, que tardarán años en desaparecer. Nuestra vida bio pero sin tiempo nos lleva a cometer sinsentidos como este: comemos sano mientras contaminamos nuestro entorno. En las redes hay ya una campaña pidiéndonos que desnudemos la fruta y la verdura, que la compremos tal cual, porque el mejor protector que tiene esa mandarina que vamos a comprar es su propia piel. Eliminemos de una vez por todas el plástico de nuestra compra diaria. Y logremos, entonces sí, decir en voz alta y sin complejos que comemos sano y sin contaminar.