Septiembre arranca como esa hoja en blanco en la que hemos volcado, a partes iguales, nuestras esperanzas y nuestros miedos. Agosto lo hemos gastado descansando y prometiéndonos que lucharemos por nuestros sueños, que dejaremos de quejarnos para pasar a la acción y que este curso no iremos todo el tiempo con la lengua fuera: sacaremos tiempo para apuntarnos por fin al gimnasio, a yoga, a piano, a clases de baile, a clases de inglés... Todo. Lo queremos todo y empezamos septiembre convencidos de que podremos. De que esta vez la mensualidad del gimnasio no la pagaremos en balde. Racionalizar horarios. Ese mito barra leyenda que por mucho que nos lo propongamos, seamos sinceros, no conseguimos.

El problema es cuando llenamos esa agenda de actividades para nuestros hijos. Son los escolares que más tarde salen del colegio de toda Europa. Y no es casualidad: sus horarios se adecúan a los nuestros. Si nosotros terminamos la jornada laboral tarde, ellos también. Es inviable que niños menores de 12 años lleguen a casa hacia las 3 de la tarde (como hacen en países como Finlandia o Alemania) cuando sus padres no aparecerán por la puerta hasta las 7 u 8. No pueden quedarse solos, y los padres no siempre se pueden permitir pagar una extraescolar o a alguien que los cuide.

Nuestros hijos son también los que más tarde entran, sobre las 9.00 o 9.30 según qué colegios y según qué edades. Demasiado tarde si lo comparamos con los horarios del resto de Europa, donde las clases arrancan sobre las 8.00 u 8.30 de la mañana. Empezar antes para salir antes. Y una más: en nuestro caso el parón para comer es el más largo de todos los de Europa. Los pequeños tienen en torno a una hora para comer y después salir al patio. Y seamos realistas: ¡en casa no tardan eso en comer! Devoran en 10 minutos lo que tienen en el plato. No están una hora sentados en la mesa. Así que aquí también podríamos recortarles algo.

Si finalmente Europa decide acabar con los cambios de hora, habría que sentarse de verdad y hablar de una racionalización de horarios: de los nuestros y de los de nuestros hijos. Decían que con un horario, por ejemplo, de verano permanente aumentarían las horas de luz por las tardes y eso animaría a más gente a hacer deporte al aire libre. Sea cual sea finalmente el horario elegido, si es que llegamos a ese punto, tendremos que aceptar que, por más horas que pasemos en la oficina o por más que llenemos las agendas de nuestros hijos con mil actividades, lo importante es poder conciliar. Esta debería ser la prioridad.

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