Se ha imputado, incluso por próceres notorios, esta frase vergonzosa a la Universidad de Cervera, dispuesta al halago bajuno de Fernando VII. Pero lo que escribió su canciller, el clérigo barcelonés Ramón Dou, no fue eso, sino un reproche al “ardiente deseo de discurrir con novedad, que es la manía de nuestros tiempos”.

El hombre llamaba 'manía' a 'discurrir con novead' y eso es lo que debe traducirseDou fue diputado por Cataluña en las Cortes de Cádiz e incluso ejerció su presidencia. Por formación le parecía reprobable todo exceso (pues eso eran para él un 'ardiente deseo' y una 'manía'). El hombre llamaba 'manía' a 'discurrir con novedad' y eso es lo que debe traducirse a la lengua de hoy.

'Manía' significaba dos cosas. La primera, una anomalía insana de la imaginación, que la tornaba irracional y desordenada. La segunda, una extravagancia ridícula y caprichosa, no sujeta a regla de raciocinio.

En cuanto a 'discurrir', Dou usó el término más veces. Así, en 1807 dijo, a propósito de la provisión de cátedras: "Si en el ascenso a las cátedras hay tan buena armonía y tanta paz, puede discurrir V.E. que no habrá mucha guerra (...)". De forma que discurrir, en su pluma, significa inferir o imaginar, más que pensar.

Otra autoridad oportuna es la de Jaime Balmes, al igual que Dou clérigo, vinculado a Cervera y catalán (de Vich). El autor de El criterio se tituló en esa universidad en la que Dou enseñaba. Estudioso de Tomás de Aquino, explicó que, para este, “el discurrir es señal de poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir a nuestra debilidad; y así es que los ángeles entienden, pero no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia, menos ideas tiene porque encierra en pocas lo que las más limitadas tienen distribuido en muchas”. Y, más adelante, asegura: “Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.”

No parece que haya que buscar mucho más para entender qué quiso decir Dou al rechazar la manía de discurrir con novedad, es decir, el prurito de imaginar novedades, razonables y factibles o no. Nada que ver con predicar el horror a la funesta manía de pensar que lleva como vergonzoso sambenito, colgado por citadores de cosas que no han leído.