San Pablo se cayó del caballo, cuando iba por el camino de Damasco a cazar cristianos. Todo el mundo lo sabe. Solo en el siglo XVII, Caravaggio, Rubens y Murillo, por citar a tres de los grandes, pintaron la costalada milagrosa. Cervantes lo explicó en El Quijote, libro donde está el mundo entero.

Allí aparecen los transportistas de un insólito cargamento de imágenes sacras, tapadas con lienzos blancos y llevadas a hombros, para componer el retablo de una aldea. Eran santos cabalgadores: "Don San Jorge, defendedor de doncellas". San Martín, tan piadoso como bravo; "Don San Diego Matamoros", "la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas". En fin, cierra el santo tropel "la caída de San Pablo del caballo abajo". Al verlo tan a lo vivo, "este -dijo don Quijote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte".

El único relato de este famoso suceso está en los Hechos de los Apóstoles que es la parte final del Evangelio de Lucas, desgajada para comodidad catequética.

Se cuenta tres veces y en ninguna hay caballo: "Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ (…) Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber". Más adelante, Pablo mismo relata al auditorio lo ocurrido. Nada de caballo: "Hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (…) Como no veía, por el resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco".

Y aún se lo repitió al rey Herodes Agripa. Sin ningún caballo: "(…) al mediodía, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Levántate, y ponte en pie".

Lucas, pues, no dijo nada de caballos. Pero es inútil luchar contra el devoto deseo de la gente de conceder cabalgadura a un santo tan viajero. En los cuadros, desde luego, queda mucho más vistoso.