El consumo de heroína, lejos de desaparecer, sufre un incremento, a tenor de los alijos intervenidos por la Guardia Civil en los últimos años. También es constatable el incremento de la demanda de kits de intercambio de jeringuillas que se entregan de forma gratuita a los usuarios que lo solicitan. Este servicio, enmarcado en los programas de reducción de daños, tiene por objetivo reducir los riesgos de la infección relacionada con el consumo de sustancias que se inyectan en sangre. Se le entrega al usuario un kit compuesto de aguja y jeringuilla estériles, agua para inyección, una toallita para desinfectar la piel, una cazuelita de aluminio y un filtro para preparar la dosis. Igualmente se dispone en los centros que prestan este servicio (farmacias, hospitales y centros de atención primaria) de contenedores para la recogida de jeringuillas usadas, con lo que el objetivo es doble: dar una jeringuilla limpia para evitar que el usuario comparta una jeringuilla usada y se pueda infectar del VIH o de la hepatitis, entre otras infecciones, y por otro lado acondicionar un sistema de recogida para evitar que esa jeringuilla usada acabe tirada donde no debe.

Teniendo en cuenta que la heroína es una sustancia cuyo tráfico y comercialización es ilegal y que se distribuye en el mercado negro, es fácil comprender que el traficante prime su máximo beneficio frente a la salud de su cliente, por lo que recurre a la adulteración y el corte de la sustancia que vende. Así, la pureza de la heroína existente en el mercado es variable, pero en general ronda el 25%.

Si solo el 25% de la que se compra es realmente heroína, ¿qué hay en el 75% restante? En el mejor de los casos, sustancias inertes que diluyan la cantidad de heroína inicial, pero es común encontrar sustancias activas que emulan el efecto de la heroína como pueden ser la cafeína, un antitusígeno llamado dextrometorfano, paracetamol o en el peor de los casos, sustancias psicoactivas de nueva síntesis fabricadas en laboratorios clandestinos de las que se desconoce su acción y potencia. El consumidor de drogas, por tanto, nunca tiene la certeza de saber qué, ni cuánto se está inyectando, por lo que los casos de sobredosis son desgraciadamente, frecuentes.

Pero existe un antídoto, la naloxona (antagonista puro de los receptores opiáceos para los familiarizados con la farmacología), que administrado a tiempo puede revertir una sobredosis y salvar una vida.

En Barcelona, la naloxona se entrega desde el año 2009 a los usuarios de drogas inyectables que la solicitan tras asistir a una charla sobre su uso e importancia con un trabajador social especializado en drogodependencias. El kit está compuesto de una jeringuilla, dos ampollas de naloxona, unos guantes, una toallita para desinfectar la piel y una mascarilla por si hay que realizar un boca a boca. Los resultados de esta acción han sido positivos (se han salvado vidas) pero tiene evidentes limitaciones, y es que no siempre se lleva el antídoto encima cuando uno lo requiere.

Los profesionales sanitarios vemos con buenos ojos que la Estrategia Nacional de Adicciones para los próximos siete años pase, entre otras cosas, por acercar y facilitar la obtención de este recurso a las personas que lo necesitan. Por coherencia, sería deseable que en todo aquel centro sanitario en que se dispensan kits de intercambio de jeringuillas se pudiesen facilitar los kits de rescate de sobredosis con naloxona. La red de farmacias, por la formación de los farmacéuticos, su proximidad al ciudadano y amplitud horaria, podrían ser un aliado estratégico para conseguir este objetivo.

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