Durante la reciente entrega de los Premios Rey de España de Periodismo que otorga la Agencia Efe, tuve la suerte de presenciar el saludo entre el escritor Fernando Aramburu, que recogía el Premio Don Quijote, y José María Irujo, brillante periodista, hoy en El País, descubridor del caso Roldán y que ha dedicado muchas horas a contar los estragos del terrorismo. A la manera de los autores clásicos, durante la que era su primera conversación, se trataron de usted. Aramburu agradeció a Irujo su trabajo y su valentía. En concreto, su libro, publicado ya en los primeros noventa, ETA, la derrota de las armas: todas las sombras, secretos y contactos de la organización terrorista al descubierto. A la vez, Irujo se mostraba encantado de conocer al autor de la novela que está cumpliendo como ninguna otra la función de contar la verdad del horror etarra a través de la literatura. Sin embargo, no decía ni una palabra sobre Patria. Cuando despedimos a Aramburu, confesaba que, tras años de amenazas y casi una década con protección policial constante, le había quedado tal sufrimiento que no podía leerlo. "A mi alrededor, lo han hecho todos; yo no puedo".

Un dolor más de los miles y miles que ha dejado ETA a lo largo de 40 años y más de 850 asesinatos. Cuando la semana pasada anunciaba su disolución y lo hacía con la voz de Josu Ternera, muchos no pudimos evitar sentir de nuevo un estremecimiento por tanto daño causado. Esa misma voz es la que un día de 1987 ordenó atentar contra la casa cuartel de Zaragoza, causando la muerte de 11 personas, cinco de ellas niños. Una madrugada de llanto a la que precedían y siguieron otras muchas.

Este domingo se cumplían 17 años del mismo domingo 6 de mayo, tan soleado y luminoso como este de 2018. Era un día precioso en el que un grupo de privilegiados estábamos disfrutando de la eclosión de las rosas del jardín de la Media Legua de nuestro añorado amigo Julio Palazón. Con el sabor de los días felices, arrancamos una rutinaria tarde de domingo en la redacción de Heraldo que se alteró enseguida con la noticia de que habían disparado a un hombre en la calle Cortes de Aragón. En pocos minutos, nos quedamos sin aire cuando Ramón J. Campo supo que ese hombre era Manuel Giménez Abad.

Hoy, 17 años después, seguimos sin saber quién fue el asesino y la banda anuncia su disolución sin arrepentimientos ni petición de perdón. Más aún, desde su entorno incluso pretenden que su versión de los hechos tenga sitio preferente. Afortunadamente, los demás contamos con que un autor de la discreción y el coraje de Fernando Aramburu se les ha adelantado: 600.000 ejemplares vendidos y leídos por una o varias personas (mi Patria ha pasado por cinco manos) dan buena medida de la voz que transmite verdad. Incluso paz, como traía ese tuit con el que reaccionó el escritor al comunicado etarra: "Hoy por fin se disuelven. Por la tarde iré a nadar".

Y también contamos con la incesante labor de periodistas como José María Irujo, o como José Antonio Zarzalejos y José María Calleja, brillantes exponentes de tantos otros que han vivido años amenazados y siguen ahí, rebatiendo desde el periodismo los intentos de tergiversación que pretenden confundirnos sobre quiénes han sido los verdugos y quiénes las víctimas.

Entre ellas está la familia, en el sentido más amplio, de Giménez Abad. A lo largo de esta última semana, su hijo mayor, Manuel, ha puesto en palabras preciosas su memoria y su legado. Evocando la idea de Rilke de que "la verdadera patria del hombre es la infancia", desde su condición de 'apátridas', Manuel decía que les quedaba el consuelo de que el mensaje de su padre, "de tolerancia, de libertad, de amor por el servicio público, así como su carácter honesto y sereno, han calado profundamente no solo en su familia sino en toda la sociedad". Pero a ellos, como a varios cientos, los dejaron sin padre.