Si estos días hay una película en la cartelera que merece ser vista es La librería. Al margen de sus virtudes cinematográficas, es una gallarda reivindicación del derecho a ser, aunque para ello haya que ponerle algo de coraje.

El pasado 10 de noviembre, coincidiendo con el día de las librerías, llegaba a los cines la nueva película de Isabel Coixet. Como ya sabrá el amable lector, se trata de La librería, y en la cartelería la han subtitulado con la reflexión que hilvana la novela de Penelope Fitzgerald en la que se basa el filme: "entre libros nadie puede sentirse solo".

Con ser valioso, este mantra es solo el pretexto para abrir la puerta a la gran reflexión de la película: la lucha por un sueño, el coraje de defender la libertad de ser y el coste de desafiar a los que marcan las reglas, por poco relevantes que, como en este caso, pudieran parecer.

El sueño es estimulante y, aparentemente, accesible: tener una discreta librería, en un amable y pequeño rincón de la costa. Pero el desafío, en una sociedad cerrada, es de los grandes: no pide permiso y va haciendo. Tratándose de vender libros y de divulgar la lectura, lo que hace es el bien, por supuesto. Peor me lo pones.

Ante su avance, van saliendo una detrás de otra las miserias de la vecindad. El ejercicio arbitrario del poder, porque sí, porque aquí mando yo y puedo hacerlo valer. A la vez, pese a lo entrañable del empeño, asoman las mezquindades anexas a la mediocridad circundante. Sobre todo, la sumisión de tantos a quienes ponerse del lado, no ya de la justicia, que también, sino del más elemental sentido común, costaría algo de esfuerzo. Acaso solo mirar. Pero mejor no correr riesgos, no vayamos a molestar.

Entre todos crean un asfixiante infierno —que no apaga el emocionante rayo de luz de una gran amistad— ante el que la protagonista se rebela con admirable coraje. Es una atmósfera que, como pasa siempre con las grandes películas, te llevas inquietantemente puesta cuando sales del cine.

Inevitablemente, piensas en el coraje que a su vez despliega desde hace años la propia directora de la película. Es cineasta de éxito, de dimensión internacional, muy respetada por la crítica y el público. Y barcelonesa tan de pro que incluso tiene la Creu de Sant Jordi. Vamos, lo que al independentismo gustaría presentar como ejemplo de la catalana de hoy. Sin embargo, este ser superior por mérito propio que es Isabel Coixet nunca se ha plegado a las consignas reinantes y no ha dudado en respaldar manifiestos contra el independentismo y rechazar las falacias e injusticias del secesionismo desde su acreditada posición intelectual y profesional. Desde luego, hace suyo a Gracián y su "sin valor, es estéril la sabiduría".

Dado el ruido ambiente, propagandísticamente mayoritario durante mucho tiempo, podría haberle resultado mucho más cómodo dedicarse a su cine y mirar para otro lado. Sin embargo, ha vuelto a poner su criterio por encima de conveniencias y, con ocasión de la presentación de esta última película, ha defendido su derecho a decir lo que piensa. Aunque le haya traído muchos problemas en Cataluña y tener que soportar insultos virtuales, tangibles y hasta en su casa.

Reconforta que el estreno de la película haya contado con el apoyo del público. Es la mejor manera de decir gracias a Coixet por tener sueños, por luchar para cumplirlos y por conseguirlos pese a quien pese. Por su coraje.

En otro marco, y viendo cómo se está desarrollando el juicio, es también admirable el coraje de la joven violada en los sanfermines de 2016. Año y medio después del crimen, la víctima ha tenido que declarar en la vista durante casi cuatro horas y soportar, como prueba de la defensa, el seguimiento de su vida posterior hecho por unos detectives. A la vez, el mismo juez ha negado como prueba los guasaps que se cruzaron los miembros de la manada en sus retos de bestias. Varias veces víctima, esta joven mujer anónima está haciendo gala de un admirable coraje. Ojalá su sufrimiento no sea estéril frente la justicia y haga mella en la sociedad.