Fue hace más de una década en un antiguo palacete de Serrano, en Madrid. En la señorial bodega de aquel noble edificio del barrio de Salamanca había coincidido antes con toreros, artistas, empresarios, periodistas, abogados, fiscales y jueces. Por eso no me extrañó divisar esa noche, entre los invitados, a Fernando Grande-Marlaska

Aunque lo de salir del armario empezaba a ser algo habitual entre las celebridades, no lo era tanto que quien diera el salto fuera un magistrado de la Audiencia Nacional. En un país donde la doble moral y la discriminación jugaban aún a la contra en el reconocimiento del colectivo LGTBI+, el gesto audaz de Fernando supuso un impagable revulsivo, que ayudó a dinamitar muchos tópicos y prejuicios. Me sentí afortunado, cenando junto a todo un referente de la judicatura, precursor en la lucha por los derechos de los homosexuales

Un héroe sencillo, aparentemente tímido, implacable y tenaz en la guerra contra ETA. El juez que, con un par, había metido a Otegi en la cárcel y había sufrido como pocos el acoso de ETA, el chantaje emocional y los escraches del entorno abertzale.

Hablamos de todo esa noche. Pero si aún recuerdo aquel encuentro, es por un pasaje de la conversación, que estos días me reconcome por dentro. Le pregunté al juez qué era lo que peor llevaba al verse en el disparadero de la opinión pública, soportando insultos, coacciones y presiones de todo tipo.

Respondió como un resorte: duelen las calumnias, el odio en las miradas, la incomprensión y la ingratitud. Pero con todo —añadió lo que peor se lleva es la soledad. Nunca he olvidado esa reflexión, a caballo entre la rabia y la resignación, del hombre que lamentaba sentirse solo en su defensa de la libertad.

Confieso que cuando Pedro Sánchez le hizo ministro del Interior deseé que jamás la política, o la obediencia debida, minaran la honestidad de aquel juez de la soledad, que logró conmoverme en el transcurso de una simple cena. Por eso fue tan honda la decepción cuando, hace unos meses, le oí implorar, con insultante desahogo, que no se fomentara 'el alarmismo', tras los ataques con pintura amarilla en casa del magistrado instructor del procés. ¡Qué solo debió encontrarse entonces el compañero Llarena!, ¿verdad, ministro? 

Quizá fue la misma soledad que sintieron hace unos días mis compañeros de Ciudadanos, cuando además de ser agredidos, vejados, insultados y humillados en la fiesta del Orgullo, fueron también difamados por un ministro del Interior, capaz de justificar semejante infamia.

Se evitó el linchamiento físico, pero no el linchamiento moral. Bramó Marlaska contra nosotros. Y bramaron también algunos de los participantes en esa cita con el respeto y la tolerancia, secuestrada este año por quienes han hecho suya la soflama dictatorial, al grito de «¡La calle es mía!». 

Ya salimos escoltados de Alsasua, de Rentería, de Vic, de Amer. Hace unos días también del centro de Madrid. Es el precio que toca pagar por defender la libertad y la igualdad. Y lo seguiremos pagando, pese al silencio cómplice de quienes deberían proteger nuestros derechos, en lugar de colocarnos en la diana y tratar de avalar lo que solo merece repulsa y condena. 

Ahora es a nosotros, ministro, a quienes nos haces sentir solos, indefensos y desamparados. Y al cerrar los ojos y recordar, no te imaginas cuánto añoro aquella noche en la bodega de Serrano, cuando todavía eras grande, Marlaska.