Un planeta de mujeres. Quienes así lo demandan no hablan de un mundo sin hombres, sino de un cambio radical en el papel que las féminas tienen en la sociedad. Es verdad que algunas extremistas se expresan con tal inquina que parecen odiar a los varones por el hecho de serlo y que, en lugar de apostar por la igualdad, lo hacen por su sometimiento.

Tal absurdo no es, por fortuna, posición mayoritaria en el feminismo que trata de avanzar hacia una sociedad igualitaria. Su causa, sin duda justa y deseable, resulta imparable a juzgar por la acción que desarrollan en cada uno de los frentes en los que actúan. Estos días hemos visto cómo la directora de la Bibilioteca Nacional, Ana Santos, acogía una jornada por la Justicia de Género con la idea de reivindicar a las escritoras más transgresoras y combativas.

Otra de las intenciones de la iniciativa es corregir la inercia que consideran machista de la Wikipedia por no visibilizar a escritoras olvidadas o deliberadamente ignoradas a lo largo de la historia. Apoyan su demanda en el hecho de que en esa plataforma la proporción de biografías de mujeres relacionadas con la literatura y la escritura apenas sobrepasa el 17 por ciento, y que esos historiales están repletos de referencias a los hombres que las acompañaron en sus vidas, lo que raramente sucede a la inversa.

Asistimos pues a un poderoso movimiento que afecta a todos los órdenes y que algunas voces proclaman como la mayor revolución de la historia. Es el caso de la antropóloga argentina Rita Segato, quien epató al auditorio que abarrotaba la Bienal de Pensamiento de Barcelona afirmando que otro mundo era posible y que las mujeres estaban en condiciones de obrar "la revolución que ningún barbudo ni ningún patriarca había conseguido"

Segato recordó que todas las revoluciones las lideraron los hombres y que ninguna de ellas había funcionado. Una aseveración un tanto discutible porque, aunque estemos lejos de vivir en un mundo perfecto, algunos progresos sí ha experimentado la Humanidad desde la Edad de Piedra. Cosa bien distinta es imaginar cuál habría sido la evolución si las mujeres hubieran mandado tanto como los hombres, y ahí es donde hay razones sobradas para pensar que nos habría ido un poco mejor.

Es la tesis que, de alguna forma, apunta la incursión en el personaje de Julia Domna, la protagonista de la novela ganadora del Premio Planeta que se falló el lunes pasado. Su autor, Santiago Posteguillo, que ha vendido un millón de libros con sus trilogías sobre Escipión el Africano y el emperador Trajano, contribuye así a la corriente feminista deteniéndose en la historia de una mujer que influyó, de forma determinante, en su marido y su hijo –los dos emperadores romanos– marcando incluso las estrategias militares del Imperio.

Posteguillo no me pareció la alegría de la huerta cuando le saludé en la Feria del Libro, pero su conocimiento exhaustivo de la historia de Roma y su eficacia narrativa ha logrado siempre que devore sus tochos con fruición, y el de Yo, Julia creo que no será la excepción. Aunque lo haya ganado un hombre, esta vez, el Planeta tiene nombre de mujer.