Cuando una relación está en crisis solo hay dos maneras de zanjarla: lo mejor posible o por las malas, muy malas. Al paso que iba esta temporada de Juego de tronos (y ya que me pongo a contar, la séptima tampoco se salva) me decantaba por el drama total. Pero si algo ha conseguido esta serie in extremis es que su final no haya sido el peor de la historia (ese título aún lo ostenta Perdidos). Y eso ya es mucho. Porque si algo recordamos pese a los años los fans de Jack, Sawyer y compañía es el amargo regusto de aquel finale. Ni los buenos tiempos lo maquillan.

El de Juego de tronos puede pecar de muchas cosas: es predecible y simplón (que la silla de Bran se convertiría en trono lideraba todas las quinielas desde hacía semanas, y no hacía falta ser el Cuervo de Tres Ojos para augurar que Daenerys moriría asesinada para evitarle al mundo una nueva tirana). Pero el capítulo al menos tiene el sentido y la coherencia de la que carecen los cinco anteriores. ¿Que los guionistas escogieron la vía fácil? Sin duda, a ver cómo salían de la sinrazón que habían creado en tan solo 80 minutos de reloj. ¿Que los fans habríamos preferido otro? También. Nunca es fácil decir adiós ocho años después.

Este episodio final recuerda al Juego de tronos de siempre, con Tyrion de ineludible protagonista (magnífica escena en la que da con sus hermanos) y su vuelta a la comedia. El humor que perdió por el camino regresa con Poniente ya en calma. Él sí ha tenido un cierre digno a diferencia de Cersei. Su condición de prisionero no le impidió tener la última palabra a la hora de designar rey, ante un Gusano Gris que estaba a punto de hacerse el harakiri y con Sam reivindicando el espíritu del 15-M. Lo que hizo con Bran es lo mismo que ocurre en el teatro cuando un actor escoge a alguien de las butacas para que salga a escena: pasas de silencioso espectador a estrella. ¿Acaso Bran ha hecho algo últimamente además de observar y sobrevivir?

Con la incógnita del rey resuelta, el cierre de temporada tenía que poner el foco en esos personajes con los que empezó y a los que más cariño hemos cogido, en un vago intento por darles el mejor de los finales. Sansa se proclama la nueva Puigdemont del Norte, mientras Arya se lanza al mar con la idea de que Poniente tenga a su Cristóbal Colón. Lo de Jon, sin embargo, es un mundo aparte. Volvió de entre los muertos convertido en leyenda para terminar donde empezó: solo, vistiendo el negro y con frío. Pocos héroes se han desinflado en tiempo récord como él.

Cuando una serie se acaba lo normal es que aparezca un sentimiento de orfandad. Han sido muchos años con personajes casi redondos (Tyrion, Arya) y capítulos para la historia. Este último no está entre ellos, pero al menos equilibra la balanza de lo que ha sido una pésima temporada: grande en lo visual; pobre en el guion. Yo me sentí huérfana antes incluso del estreno de los seis capítulos de despedida, y fue desapareciendo al darme cuenta de "lo que podía haber sido y...". Supongo que, como en la vida, las series es mejor cerrarlas cuando las cosas no van bien. George R. R. Martin, calienta que sales. Te esperamos.