Con las manos atadas políticamente como presidente en funciones, Pedro Sánchez afronta un amargo verano. Ha recibido por segunda vez un rotundo nodel Congreso de los Diputados, y ha comprobado que, como escribió el sabio Gracián, "la fortuna se cansa de llevar a uno a cuestas durante mucho tiempo".

No se entiende por qué el PSOE tardó tanto en tomarse en serio la negociación para intentar conformar una alianza -que ya se sabía muy complicada de antemano, por las grandes diferencias en temas básicos- con Unidas Podemos. Pero para los ciudadanos puede ser más difícil comprender que Pablo Iglesias, líder de la cuarta fuerza de la Cámara, haya rechazado una oferta de coalición que incluía una vicepresidencia social y tres carteras del Gobierno de España.

El golpe de efecto de Pablo Iglesias al renunciar a entrar en el Consejo de Ministros no se ha traducido, finalmente, en una voluntad real de pacto. Iglesias, que había roto hábilmente la estrategia de Sánchez, vuelve a quedar en una incómoda situación: por segunda vez se frustra la posibilidad de un gobierno de izquierdas. Por mucho que Podemos se esfuerce en explicar que esas carteras estaban prácticamente vacías de contenido (por la casi total cesión de transferencias a las autonomías) y desprovistas de capacidad real de cambiar las cosas, el resultado es frustrante. Si resulta que eso es exactamente así, habrá de plantearse la necesidad de revisar si realmente España necesita tantos ministros con cartera o si segundos niveles de la administración bastarían para gestionar esas materias.

Otros países europeos han vivido situaciones similares de bloqueo. Pero eso no es consuelo para la sensación de desafección y enfado que, con toda razón, invade a los ciudadanos. Hacer las cuentas de los días perdidos, de las sesiones del Congreso sin celebrar, de los proyectos de ley no nacidos, de las inversiones ralentizadas... es un ejercicio deprimente. Es como si los políticos dijeran a la gente: "No podemos jugar la partida con las cartas que nos habéis dado. Barajad y repartid de nuevo". Esto es seguramente lo que va a pasar. Que los españoles, después de que el Rey convoque de nuevo a los partidos a consultas, sean llamados a repartir sus cartas, en este caso sus votos.

Una nueva sesión de investidura en septiembre presenta muchos riesgos para Sánchez, ya que un tercer 'no' del Congreso sería insoportable. Pero repetir las elecciones no garantiza al líder del PSOE, ayer fuertemente arropado por su partido, consiguiera mejores resultados o la ansiada gobernabilidad.

También es incierto qué pasaría con el resto de los partidos, aunque a priori el PP estaría en claras condiciones de remontar su batacazo del 28-A. El debate de investidura ha consolidado a Pablo Casado como líder de su partido y también de la derecha. Pero las tensiones internas están vivas en Ciudadanos y pueden aflorar en Podemos. Y, al final, el enfado, de una manera o de otra, afectará a todos los implicados.

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