Fin del bipartidismo: los dos partidos que lo representaron (PP y PSOE) suman ahora, en conjunto, 187 escaños frente a 222 en 2016, 213 en 2015 y 296 en 2011. Ya no monopolizan la escena política nacional: la comparten con otras tres fuerzas que les resultan imprescindibles para formar mayorías de gobierno. No con toda la libertad que sería deseable: la sombra del bipartidismo no ha desaparecido aún del todo, y pervive en forma de forzada agrupación de los partidos en bloques antagónicos e irreconciliables. Pero está cada vez más cerca el tiempo en que se perciba con total naturalidad que partidos muy dispares en sus planteamientos negocien, pacten y desarrollen acciones conjuntas. Como los españoles llevan tiempo pidiendo, sin éxito.

PSOE (la izquierda moderada) y Ciudadanos (el centrismo liberal) son los que, juntos, suman un mayor número de escaños (181 cuando escribo estas líneas). En otras circunstancias, constituirían sin duda la opción de gobierno más obvia y prácticamente indiscutible. Pero no ahora: el ámbito del centro-derecha y el de la izquierda están todavía en proceso de recomposición (uno más avanzado que otro) y no está el horno todavía para tan elaborado (y deseado) bollo. Pero lo que, sin lugar a mucha duda, esa cifra revela es algo cuya plena percepción queda velada por el ruido y la polvareda que caracterizan a nuestra vida pública: la sociedad española es, de forma ampliamente mayoritaria, moderada y centrada. Y también, por supuesto, progresista y pactista, serena y resiliente, esperanzada y harta de ver pasar los años (¡un quinquenio perdido irremediablemente en plena revolución tecnológica mundial!) sin que se enfrenten los problemas que sobre ella pesan.

Y un breve apunte final sobre Cataluña. En estas elecciones, de los 48 escaños allí en disputa los partidos independentistas han conseguido 22. Sobre esto deberemos reflexionar todos: son minoría, pero son muchos. Están ahí y seguirán estando, del mismo modo que están, y seguirán haciéndolo, quienes votaron a los 26 restantes. Nadie puede pensar que este partido se puede zanjar por goleada: el inevitable resultado del mismo es, por fuerza, el empate. Es decir, la convivencia, la renuncia de unos y otros a conseguir el 100% de lo que desean. Vayamos haciéndolo posible. A fin de cuentas la democracia -la de verdad- es por fuerza un equilibrio armónico de frustraciones mutuas. Si no, sencillamente, no es democracia.

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