La ambigüedad frente al independentismo ha desfigurado políticamente a Ada Colau. La indefinición con la que se manejó en estos años se ha convertido en un lastre que ha terminado haciendo trizas a los comunes.

Algunos datos: su grupo parlamentario está en ruinas, coloca a un independentista, Jaume Asens, en las generales abriendo el partido en canal, lo que agranda la fractura de un partido que vino a ganarlo todo y que parece que está en la punta de lanza de la desintegración del espacio político.

Los dos parlamentarios de más peso han dejado la organización encabezando una escisión próxima a las tesis independentistas. Joan Josep Nuet, uno de los rostros más visibles del partido y líder de EUiA, y la exportavoz de los comunes en la Cámara catalana, Elisenda Alamany, ahora al frente de Sobiranistes, se han pasado con armas y bagajes a ERC con la aspiración de arrastrar a su electorado. Con esta adhesión, este sector de los comunes no ha hecho más que reforzar todavía más un espacio político limítrofe electoralmente con Colau.

Nuet ya ha sellado su incorporación a las listas para las elecciones generales del 28 de abril, mientras que Alamany gana enteros como número dos de Ernest Maragall, candidato de Esquerra a las municipales del 26 de mayo. Si la escisión soberanista ya ha cristalizado, el ala más federalista del partido, cada vez más desacomplejada, también podría optar por una solución parecida ante los permanentes guiños de Colau al separatismo que han cristalizado con la candidatura de Jaume Asens al Congreso.

Asesor personal de Puigdemont en su fuga a Bruselas y abogado de los asesinos de Hipercor, Asens es el más independentista de los comunes. La respuesta ha  llegado. Óscar Guardingo, ganador de las primarias de Podem, ha renunciado a integrarse en la lista tras recriminar la deriva independentista que representa situar como cabeza de cartel a Jaume Asens.

Esa voz se ha unido al contundente castigo que asestó la militancia a la candidatura: de los poco más de 9.000 asociados que tiene Catalunya en Comú, solo participaron 141 y, de estos, solo un 58 por ciento respaldó la lista.

El ala federalista ya ha amagado con operaciones del estilo de  Sobiranistes. Ya en julio, caras importantes de los comunes como Joan Coscubiela, Lluís Rabell o el propio Joan Subirats –número dos de Colau para las próximas elecciones– impulsaron junto a exdiputados del PSC una iniciativa que reivindicara una salida dialogada a la crisis catalana y mayor autogovern.

En este caso, si la escisión soberanista ha viajado hasta ERC, una escisión federalista podría hacerlo en dirección al PSC. Tanto ERC como PSC se están convirtiendo, en todo caso, en los principales beneficiados de la descomposición de los comunes.

El primer termómetro para medir el pulso del partido de Colau serán las elecciones generales del 28 de abril. Ganaron en 2016, pero todos los sondeos indican un declive electoral, una tendencia que ya tuvo como punto de partida los comicios autonómicos del 21-D  (2017), donde se dejó más de medio millón de votos con respecto a ese 2016 –pasó de 848.000 votos a  326.000–.

Ese descenso despertó los primeros choques de familias sobre el rumbo del partido y, en cierta medida, acabó también contribuyendo a la repentina dimisión de Xavier Domènech.

¿Los comunes sin la alcaldesa?

La supervivencia de los comunes estará a prueba  en las elecciones municipales. La derrota de Colau que proyectan las encuestas podría dar la puntilla al partido.  Con un exiguo balance de gestión –no ha conseguido sacar adelante ninguna de sus principales promesas–, en su equipo de Gobierno también se ha visto  perjudicada por las divergencias entre corrientes.

Así, por ejemplo, su número dos, Gerardo Pisarello, se ha convertido en la máxima expresión de estas  desavenencias: su cercanía y flirteo con el independentismo, que ha generado importantes tensiones internas, ha terminado por obligar a Colau a desterrarle a Madrid.

De hecho, de los 11 concejales que ha tenido este mandato, cerca de la mitad (cuatro de ellos), no repetirán el 26 de mayo. Si Catalunya en Comú no retiene  Barcelona, su principal bastión, quedaría condenada.

En el resto del territorio catalán, el partido, castigado por la pervivencia de las siglas que lo componen (ICV,  Podem o EUiA) –y, en cierta medida, también carcomen–, no ha conseguido unificarlas y acudir a todos los municipios bajo la misma marca, objetivo que hasta  hace algo más de medio año era inamovible.

Un escenario que desembocará en que en algunas demarcaciones rivalizarán por el mismo electorado (Terrassa o  Badalona).