La tensión religiosa entre suníes y chiíes vuelve a estallar en la región del golfo Pérsico –o Arábigo, que hasta en el nombre hay diferencias insalvables– convertida en el lugar más caliente de la tierra y no solo por los cuarenta largos grados que marca el termómetro.

El doble enfrentamiento está centrado en la lucha entre el régimen de los ayatolás de Teherán y la dictadura medieval que rige en Riad por conseguir la condición de potencia hegemónica en la zona.

Los incidentes registrados en las pasadas semanas contra dos petroleros de Japón y Noruega en el estrecho de Ormuz –por el que cruza más del cuarenta por ciento del crudo transportado por vía marítima– ha encendido todas las alarmas sobre el peligro de una guerra a gran escala que sería catastrófica para la estabilidad internacional, la economía mundial y, en definitiva, para la paz, esa ambición tan propugnada por todos y tan burlada por muchos. El conflicto es viejo y se viene ensayando en Yemen.

El odio que bien podría considerarse ancestral entre iraníes y saudíes –en esta ocasión los primeros respaldados por Rusia y China y los segundos por Estados Unidos y, de manera más subrepticia, por Israel–, será el principal escollo para que la presión internacional tropiece en la búsqueda de un entendimiento.

La política norteamericana bajo la volubilidad de Donald Trump lejos de contribuir a calmar los ánimos está contribuyendo a exaltarlos y ponerlos en pie de guerra.

Las acusaciones sobre los incidentes de Ormuz recaen de forma obvia en la Guardia Republicana, la fuerza pretoriana que en Irán defiende al Régimen. Pero lo obvio nunca excluye dudas.