Algunas veces las estadísticas nos ofrecen buenas noticias: los accidentes de tráfico, por ejemplo, han disminuido. La carretera sigue siendo un peligro, pero la sensatez de las personas –estimulada por los radares y patrullas de la Guardia Civil, también es cierto– en este aspecto ha prosperado. En este concretamente y en alguno más, no muchos.

La irresponsabilidad en otros, en cambio, ha surgido o resurgido. Y con sangre, lágrimas y lutos, propios y ajenos, que es lo malo. Uno de los nuevos peligros que peatones y conductores enfrentamos a diario son los patinetes. Se trata de una moda anárquica, sin controles ni reglas que, según datos recién divulgados, el año pasado causó doscientos accidentes.

Otra es la afición suicida importada del balconing que cada verano deja un preocupante saldo de víctimas absurdas mayormente entre los turistas ‘jartos de vino’. Y lo mismo, solo que con un tufo más doméstico y ancestral son los encierros taurinos que se han convertido en el principal atractivo de muchas fiestas pueblerinas. En España tenemos una propensión acendrada a divertirnos con los animales.

Y no hablo de las corridas ni de la propensión a disfrutar con el riesgo de los matadores y el sufrimiento de los astados. Me estoy refiriendo a los peligros que ofrecen las carreras matinales intentando provocar la fiereza de los toros y demostrar un arrojo que, sospecho, la inmensa mayor parte de los participantes no demuestran en el resto de su vida.

Hay datos: Por lo menos cinco personas han muerto este verano y varias decenas han resultado heridas en estos festejos sin más arte ni gracia que el reto con la tragedia.