"Es solo mi carta a los Reyes Magos" decimos en la oficina, o en cualquier otro escenario de nuestro mundo adulto, para reconocer que estamos prevenidos ante la decepción que sigue a un deseo insatisfecho. Ese callo en nuestra piel no se vende en tiendas online ni se anuncia en televisión. Normal que sea, año tras año, el único regalo ausente en la montaña de paquetes con la que padres y abuelos sepultamos a nuestros pequeños y caprichosos adultos de mañana.