Desde que en el año 2001 Operación Triunfo llegara a nuestras pantallas no he podido quitar el ojo de ella. Yo era un niño, un pipiolo que soñaba con esto de dedicarme al mundo de la música, ella una joven, pero ya experimentada, cantante que buscaba un más que merecido puesto entre las listas de éxitos. Lo consiguió. Uno tras otro. Han pasado los años y, de un modo u otro, sigue teniéndolo.

Chenoa es una de esas artistas con fuerza, con garra, con energía e ímpetu a la hora de cantar e interpretar. Una mujer que se inventó, hasta un nombre, y que se reinventa detrás de cada zancadilla de esas que la vida, o los ex, le ponen de vez en cuando. Chenoa es una superviviente, y no precisamente una de las que van a islas desiertas con cámaras 24 horas. Sobrevive en la jungla, en la dura selva de la música, en un mundo dominado por grandes empresas con tremendos intereses que, a veces, son tan grandes que pueden llegar a opacar a los pequeños que, como ella, batallan poco a poco desde el amparo de una discográfica pequeña y familiar.

Ella quiere cantar, y aunque muchos la recuerden en chándal y otros por lo que les entretiene desde la televisión, me gustaría que algunos se detuviesen a escucharla. Que valoren que después de casi 18 años ni está olvidada ni se olvida de perseguir el que era su sueño. Que sigue luchando por lo que más le gusta: cantar, por aquello en lo que cree, pese a que le cueste hipotecarse, y por hacer mucho más que canciones pegadizas para la radio con letras que no dicen nada.

Chenoa ha vuelto a su manera: fuerte y firme. Con un alegato feminista para cuarentañeras, con un grito a la libertad sentimental, sin casarse con nada, ni con nadie, y llegando al número uno en las listas por sí misma. Os invito a reescucharla.