La palabra indignación estaba en boca de todos. Corría el año 2010 y mi taxi, más que un taxi, parecía un diván con ruedas. No había día sin sus diez o doce usuarios soltando sapos y culebras desde su asiento trasero, mirándome a través del espejo retrovisor con los ojos a un frenazo de salirse de sus órbitas. Algunos ya empezaban con su lista de improperios nada más subir al taxi, antes incluso de indicarme su destino. Hubo un hombre que, en plena indignación, le dio un amago de infarto y tuve que variar el rumbo y llevarlo al hospital. Cada trayecto, en fin, era una excusa para quejarse de la crisis, del paro, del gobierno y de una corrupción que aún no era ni la sombra de lo que vendría después.

Por primera (y última) vez, derecha e izquierda se mostraban unidas en torno a una suerte de bien comúnPasaron los meses, surgió el 15M y al principio, los primeros dos días de aquella histórica concentración en Sol, el apoyo entre los usuarios de mi taxi fue -sorprendentemente- unánime. Por primera (y última) vez, derecha e izquierda se mostraban unidas en torno a una suerte de bien común. Todos sabían cuál era el problema y todos creían que aquellas protestas pacíficas y multitudinarias a lo largo y ancho del país eran el mejor camino para solucionarlo. Por primera (y última vez) cada usuario hablaba en nombre de la "gente"; a nadie le importaba entrar en la categoría de "gente". Pero apenas tres días después la cosa fue perdiendo fuelle. Ya empezaron a surgir voces discrepantes, críticas, objeciones: que si los pobres comerciantes de la zona, que si la suciedad acumulada, que si "las pintas" de algunos... Otros se confesaban desinflados ante la nula respuesta de la clase política.

Hubo elecciones, ganó la derecha por mayoría absoluta y, de repente, todo pasó tan rápido que no hubo tiempo de asimilar apenas nada. Subidas de impuestos, decretazos, reformas laborales, más paro, más tramas de corrupción masiva, escándalos bancarios que afectaban a pensionistas y ahorradores, rescate a las Cajas, decenas de manifestaciones día tras día (algunas violentísimas), cortes de tráfico, sirenas, cargas policiales. El discurso de los usuarios de mi taxi comenzó a diluirse y disociarse, como el agua y el aceite, en dos bandos. Era fácil distinguirlos según usaran una de estas dos palabras: casta y perroflauta. Quien usaba la una no usaba la otra y viceversa. Y había otros que, ante tal saturación informativa, comenzaron a optar por el silencio.

Las críticas eran cada vez más feroces a medida que Podemos seguía creciendo en intención de votoTiempo después surgió Podemos, y aquí hubo un nuevo giro radical en los debates de mi taxi. Al principio apenas nadie me hablaba de ellos. Pero después de las elecciones al Parlamento Europeo -con un resultado más que digno para la nueva formación morada-, ya empezó un tímido goteo de comentarios. Unos, elogiándolos. Y los otros, reconociéndoles el mérito pero discrepando de sus ideas con argumentos sosegados. Un sosiego que, curiosamente, se fue transformando en críticas cada vez más feroces a medida que Podemos seguía creciendo en intención de voto. No fue hasta meses antes de las siguientes elecciones cuando volví a notar en mi taxi los mismos ojos encendidos de rabia de aquel 2010. Una indignación no ya contra el gobierno, ni contra los muchos más casos de corrupción que los de antaño, sino contra aquel partido surgido de las cenizas del 15M. Dos meses antes de las elecciones generales de 2015 se hablaba más en mi taxi de Venezuela que de España, más del comunismo que del paro, más de terrorismo de ETA que cuando ETA mataba, y todo con una carga de odio visceral superior incluso al de aquellos primeros indignados.

Curiosamente hoy, con Podemos ya lejos de poder formar gobierno, en mi taxi reina un mutismo total. Ya nadie, NADIE, me habla de política. Esas mismas señoras de orejas perladas y miradas altivas, tan preocupadas como estaban de Venezuela, ahora me hablan del tiempo.

Y para el resto sólo cunde un gran hartazgo, un bostezo tan brutal que acabó por desencajar las mandíbulas y ahora es perpetuo: las bocas quedaron abiertas. Pudieran dar la sensación de asombro, pero no. La diferencia entre el bostezo y el asombro son los ojos cerrados, las bajas defensas. Y que todo lo que entra te lo tragas.