Diciembre en mi taxi es un techo hipnótico de luces LED. Mi reto consiste en conducir con renos, campanas y extrañas figuras deslizándose por el cristal mientras busco usuarios que me alcen la mano. Mi reto consiste en no acabar chocando contra otro coche junto a un inmenso árbol de Navidad patrocinado por mi misma compañía de seguros.

En mi taxi se creen idiotas, pero absueltos por esa impunidad que aporta la NavidadSupongo que tapar el cielo con luces bonitas incita al consumo. Si es posible acercarte las estrellas hasta casi poder tocarlas, si es posible comprimir tu percepción del cosmos al ámbito de lo terrenal, podrás conseguir cualquier cosa. No habrá sueño navideño imposible sino plazos de pago más o menos cómodos. Un sueño en forma de tele Full HD de cincuenta pulgadas, por ejemplo. Cuanto más grande y nítida sea la tele de tus sueños, más reales y asequibles serán los anuncios que emita. Regalarte una tele se ha convertido en un sueño dentro de otro sueño: Aparte de poseerla, te facilita el engorroso trámite de gestionar tu propia felicidad. Pedirás a los Reyes cápsulas de café sólo porque el tipo del anuncio encaja en tu concepto de perfección. O dicho de otro modo: La magia de la tele ha conseguido que asocies la Navidad con la nieve aunque no hayas visto nevar en tu vida.

Pero volvamos a mi taxi. Reconozco que ahora, en estas fechas, no distingo personas sino una masa en tonos ocre que se agolpa en los semáforos y fluye líquida cuando el muñequito pasa a verde. Llevan bolsas con regalos que parecen servir también de lastre, igual que el plomo de los buzos, anclándolos aún más al suelo.

Distingo, eso sí, a aquellos que caminan en solitario por sus palos de selfies. Se detienen en cualquier parte, extienden el palo y sonríen a la cámara del móvil (la dicha suele ser proporcional al número de píxeles). Luego repliegan el palo y vuelven a su rictus natural, como si hubiera un mecanismo invisible de cuerdas entre el palo retráctil y las comisuras. Es la misma sensación que hacerse el muerto en la playa y dejarse arrastrar por la marea

Busco pasear mi taxi libre por el centro porque aquel que lo aborda parece estar huyendo de algo. En cierto modo, me siento útil rescatando supervivientes de la orquesta del Titanic. Nada más tomar mi taxi, lanzan las bolsas sobre el asiento y suspiran. Luego exclaman, ¡Madre mía, qué locura, cuánta gente!, como sintiéndose víctimas del gentío y no parte integrante. Sólo cuando conseguimos alejarnos de la masa, del tráfico y de las luces, son capaces de tomar consciencia de sí mismos.

Ahí se dan cuenta de lo absurdo que ha sido chuparse tres horas de cola, bajo la lluvia, en esa administración de lotería famosa porque "siempre toca". Sólo al alejarse en mi taxi guardan su diadema de astas de reno y agachan la cabeza avergonzados. O se preguntan por qué demonios entraron en una de tantas franquicias de "regalos originales" buscando "regalos originales" junto a otras diez mil personas que también buscaban "regalos originales". O comprenden de súbito que regalar calcetines es un síntoma de derrota. O que el perfume que compraron en pleno epicentro de la ciudad sumado al importe del taxi de vuelta les sale mucho más caro que si lo hubieran comprado en la perfumería del barrio de toda la vida.  

En mi taxi se creen, de repente, idiotas, pero absueltos por esa inmunidad compartida que aporta la Navidad. Huelga decir que el año que viene harán lo mismo y volverán a sentirse igualmente idiotas, pero también felizmente acompañados por un mundo que, a la postre, gira en su misma dirección. Llegados a este punto, me atrevo a decir que disfrutan del tumulto. Digamos que, en ciertos momentos puntuales y en pequeñas dosis, embebidos por la tradición, les gusta diluirse entre la gente y ser grano de arena por un rato. Es la misma sensación placentera que hacerse el muerto en la playa y dejarse arrastrar por la marea. Todos muertos de mentira, todos juntos, sin pensar en nada, tranquilos y blindados porque saben algo que nadie más sabe: el número PIN de su tarjeta de crédito.