¿Por qué hay que salir en Nochevieja?

CARLOS G.MIRANDA. ESCRITOROPINIÓN
Carlos G. Miranda, colaborador de 20minutos.
Carlos G. Miranda, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

La primera vez que salí en Nochevieja tenía dieciséis años. Fui a un cotillón, con mis amigos de la época, en el que descubrí que en la barra libre no hay Espidifen que la disimule en la comida de Año Nuevo. Aquella fue la primera vez en mi vida que me puse un traje (me quedaba como a Pablo Iglesias en las fotos de Vanity Fair), y la primera vez que desayuné chocolate con churros al amanecer junto a los colegas con los que había pasado una noche increíble.

Lo de salir en Nochevieja dejó de tener gracia cuando cumplí los años suficientes para volver a casa con los primeros rayos del sol sin tener que pelearme antes con mis padres. Entonces, adapté mi plan a lo que tocaba a cada edad: a los veinte trabajé poniendo copas, a los veintitantos fui a escuchar las campanadas a otro país y en los primeros treinta me apunté a fiestas íntimas en casas, amenizadas por el SingStar. Esas ya no acababan en desayuno, pero no ha habido una Nochevieja que me haya puesto el pijama después de las uvas.

Soy de los que creen que hay que empezar el año celebrándolo, aunque veía difícil que saliera algún plan de amigos para brindar por el 2017. Entre el trabajo, los niños y los compromisos, cada vez son más los sábados viendo La Sexta Noche que los de copas. Me propuse cambiarlo celebrando el nuevo año con una fiesta en mi casa. La idea era hacer un viaje al pasado con todos los amigos que vimos por primera vez juntos amanecer en los noventa y que mantenemos el contacto en un grupo de Whatsapp en el que no queda ni un meme por enviar. Entre los que dijeron que si tenía camas suficientes para acostar a los niños después de las uvas y los que pidieron absenta porque ya se han divorciado, la convocatoria fue un fracaso. Hacerse mayor significa ver el amanecer sólo para ir a trabajar.

Tras dar una vuelta por otros chats y encontrarme con que lo de juntar a un grupo en Nochevieja, pasados los treinta y tantos, es una misión imposible, decidí llamar a mis padres para pedirles que me pusieran un cubierto en su mesa. Me dijeron lo que yo llevaba años rogándoles que hicieran para que no pasaran la noche solos en casa: se habían apuntado a un cotillón con sus amigos. Rechacé la oferta de unirme una fiesta en la que, por primera vez en años, yo sería el más joven y opté por buscar otros planes en donde se encuentra la solución a todos los problemas de soledad: Google.

En Internet hay foros para reclutar a gente con la que salir en Nochevieja, así que solicité unirme a un grupo que había alquilado un local e iban a montar un fiestón. Me rechazaron porque era sólo para menores de 35. Descarté la fiesta de unos que decían que los Mayas se habían equivocado por unos años y en el 2017 llegaría la debacle y me apunté a una fiesta para singles de mi edad. Lo único malo es que era de disfraces, con temática “dibujos animados de los 80”.

Mientras compraba por Internet un disfraz de Willy, el amigo de la Abeja Maya, pensé: ¿por qué narices no me quedo solo en casa? Pues porque se supone que hay que empezar bien el año y si lo haces viendo el especial de José Luis Moreno abrazado a tu gato, tiene pinta de que lo vas a acabar regular. También es cierto que ese es el único modo en el que nunca lo he inaugurado, así que igual no está mal probar. No he descartado la opción de la fiesta de dibujos animados del todo, que me ha llegado el disfraz de Willy a casa y debería amortizarlo, aunque al final voy a tener que levantarme pronto en Año Nuevo.

Uno de los del grupo de amigos de los noventa propuso que nos juntáramos para revivir el mejor momento de todas las fiestas de Nochevieja: el desayuno con churros al amanecer. No tendremos anécdotas que comentar de una fiesta en la que habríamos tardado tres horas en llegar hasta la barra (y más de uno habría perdido la chaqueta), pero sí un montón de cosas que nos han ocurrido desde que la vida no nos deja vernos tantos. La mayoría pasan de día porque, con los años, ese gana posiciones frente a la noche. Esa es la verdadera fiesta.

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