No sé si se habrán parado a pensar en lo que implica no tener casa. Me refiero a que su casa, el hogar, probablemente sea el bien más preciado que tienen, y no lo digo solo por los desorbitados precios de compra y de alquiler. Me refiero también a todo lo que conlleva no tener vivienda, lo que supone ser una persona sin hogar. No tener casa es no poder descansar nunca, no tener un baño disponible, no tener un espacio de intimidad y seguridad. No tener hogar significa vivir siempre expuesto/a a las miradas y a la violencia, y al mismo tiempo ser invisible para la mayoría de las personas, que te miran pero no te ven.

31.000 personas en España no tienen hogar, viven en la calle. Erróneamente, hemos enfocado el problema del sinhogarismo centrándonos en las circunstancias particulares de las personas. De esta manera hemos invisibilizado otros factores que son determinantes para que una persona llegue a la calle, como es el papel que juegan las políticas sociales de vivienda y las políticas de empleo. Olvidando que el contexto influye en el proceso que lleva a una persona a la calle, caemos en el error de responsabilizar a las personas de su propia situación, como si por el camino no les hubiera fallado todo el sistema de protección social, y las culpabilizamos de encontrarse en esa situación de pobreza extrema. Por eso pensamos que "si no van a los albergues y están en la calle, es porque quieren" o "algo habrán hecho para estar así" o que son "vagos y drogadictos".

Y tenemos que reconocer que todavía existen estereotipos y mitos por los que consideramos que las personas sin hogar pueden ser posibles delincuentes, y por eso agarramos las mochilas cuando pasan a nuestro lado en una terraza, o evitamos sacar dinero en un cajero en el que hay alguien durmiendo dentro, o esquivamos los lugares en los que hay personas sin hogar. Sin embargo, es interesante saber que las personas que están en la calle, o en el cajero durmiendo, tienen miedo de nosotros, ya que son conscientes de que pueden ser víctimas de una agresión. Según el Observatorio de Delitos de Odio contra Personas sin Hogar Hatento, un 47% sufren agresiones motivadas por el odio. Hablamos mucho de muros y vulneración de derechos humanos y quizá tampoco tengamos que irnos tan lejos para ver el muro invisible que hemos construido en nuestras ciudades entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. Ese muro que hace posible que convivamos de manera cotidiana con esta vulneración de derechos humanos.

La semana pasada un ciudadano portugués de 40 años moría en las puertas de Westminster. Es dolorosamente simbólico que un ciudadano muera en las puertas de un parlamento mostrando de la forma más evidente y cruel posible la negación del derecho a la vivienda. Esta muerte ha desencadenado numerosas reacciones políticas tanto en Portugal como en el Reino Unido. No sé qué pensarán ustedes, pero yo no voy a esperar a que un ciudadano muera en la carrera de San Jerónimo para tomarme el problema del sinhogarismo muy en serio. Hogar, sí.