Han proliferado en estas páginas opiniones variadas sobre la toxicidad de los ‘smartphones’ y sus invasivas aplicaciones. Mientras algunos de mis compañeros de tribuna alertan sobre el derrumbe de la intimidad y la confusión producida por la borrachera del cristal líquido, otros dibujan un placentero reino de interconexión, cariñitos virtuales y emoticonos como expresión de la mismidad, asunto que los filósofos desarrollaban -sin terminar de tenerlo claro- en un millar de páginas impresas.

El Ejército estaría patrullando las calles si hablásemos de metanfetaminaSegún un estudio de Ofcom, la entidad independiente que regula la ética de las comunicaciones en el Reino Unido, el panorama es, cuando menos, preapocalíptico -el umbral distópico lo superamos cuando nombraron a Belén Esteban responsable de Relaciones Públicas de una empresa de telefonía-: el 59% de los usuarios siente que está ‘enganchado’ a los móviles, el 48 deja de afrontar asuntos o tareas para estar online, el 47 duerme menos, el 30 tiene menos amigos por culpa de la dependencia, 15 millones de de personas necesitan rehabilitación... El Ejército estaría patrullando las calles si hablásemos de metanfetamina en vez de ‘smartphones’.

Lo peor del asunto es que los enfermos no son conscientes de su dependencia e incluso dibujan con tintes de heroísmo la cantidad de seguidores o likes de sus fotos del brunch, el paisaje que tienen ante sus ojos (y tú no) o las sonrisas de sus hijos (y no de los tuyos). La vida real ha terminado por licuarse con la digital. No hay frontera que cruzar. Nosotros somos los apéndices electrónicos, los procesadores, el sistema mismo.
Otro estudio, recién publicado por la revista de referencia en investigación médica y sanitaria The Lancet, apunta hacia otra zona de riesgo. Las redes sociales, dicen los autores, un equipo de varias universidades, entre ellas Cambridge y Stanford, deberían recoger mediante sus depurados sistemas de interpretación de datos, análisis sobre el estado mental de los usuarios. Los bata blanca vienen a recomendar que dejemos a Facebook, por ejemplo, montar un fichero emocional sobre los 1.700 millones de usuarios de la empresa.

Lo peor del asunto es que los enfermos no son conscientes de su dependenciaEl estudio sugiere que Internet puede ser una herramienta vital para investigar cómo las personas afrontan su enfermedad mental o estado de ánimo. No parecen necesitar -porque quizá los autores están pidiendo trabajo en la puerta de Facebook- el planteamiento de la duda: ¿qué sucedería si los datos no son seguros, un algoritmo falla o la red social, que saca dinero, mucho dinero, de los contenidos que le sirven gratis sus usuarios, decide vender datos o cruzarlos, como ha pretendido hace unos días con su filial WhatsUpp, con la base de otra empresa, por ejemplo, una gran farmaceutica? Espero que los intercambiadores de emoticonos o personas que sienten el alma vacía sin el ‘smartphone’ a pleno rendimiento no estén entre los targets. Quizá los califiquen de simpleza profunda.