¿No tienes la impresión de que muchos asuntos triviales encuentran su lugar en los medios cada día? ¿Y no te resulta irritante que, al mismo tiempo, no se hable de lo que es urgente hablar? A mí me ocurre. Veo el telediario como una cháchara informe, inmanejable o directamente absurda. Voy a leer un periódico y resulta que ya no es periódico, sino continuo, un flujo de espasmos que te hace exclamar: dios mío, con qué puntualidad vuelcan los autobuses en la selva brasileña…

Veo el telediario como una cháchara informe, inmanejable o directamente absurda

La realidad a veces se da el gustazo de conspirar, como si quisiera ayudarnos a entenderla acumulando todos los datos que necesitamos. Esta semana lo ha hecho, nos ha escupido, uno tras otro, a grandes genios del fraude, la trapacería y la mentira. ¡Qué gustazo! Ha sido un no parar. Por un lado, los futbolistas defraudando impuestos, o sea, robándonos el dinero a todos, porque lo de Hacienda funciona como una cena de Navidad: si el listillo se va sin poner su parte hay que cubrirlo entre todos. A continuación, un rector universitario, el de la Rey Juan Carlos: lleva años copiando a destajo, la criaturita, haciéndose pasar por un cerebro privilegiado, cuando no sabía más que hacer corta y pega de otros. Para que no falte de nada, un padre compungido porque su hija sufre una enfermedad rara también adultera su historia para tener más repercusión, más minutos de fama, más dinero… Yo qué sé. Como no podía hacerlo solo, ha dejado de negligentes a muchos periodistas, aunque no todos han tenido la misma dignidad para disculparse. Para terminar, el genio que se nos ha pasado al lado oscuro. Creíamos que Bertolucci hizo El último tango en París con su talento, y resulta que no. La que bordó el papel fue la actriz María Schneider, con la veracidad que da en pantalla el que a una la violen de verdad. Puag.

Los estafadores de estos días no son los corrompidos por el poder en mayúsculas

Me da auténtico asco. Quizá no sea tan difícil entender, a la vista de todo esto, por qué la sociedad está siendo corroída por la desconfianza. Lo único reseñable es que ninguno de estos escándalos esté protagonizado por un político, un periodista o un banquero, como es habitual. Los estafadores de estos días no son los corrompidos por el poder en mayúsculas, lo cual acrecienta el daño social. Cuando el custodio del trabajo científico e intelectual arrasa con las investigaciones de otros; cuando el jefe del deporte rey –reservorio moral, lo llamaban algunos– roba a todos los españoles; cuando el amo del séptimo arte hace una snuff movie, porque se siente más seguro en el delito… Cuando un gran cineasta resulta ser un sofisticado violador, ¿queda alguien en quien confiar?