Apaga el piloto automático

IRENE LOZANO. ESCRITORAOPINIÓN
Periodista, escritora y política.
Periodista, escritora y política.
JORGE PARÍS

De la infinidad de cosas que nos enseñan mal en el colegio, una de las que más me gusta es el origen de la Filosofía occidental. Y  tiene que ver con nuestros propósitos de Año Nuevo, esos que ya hemos empezado a incumplir mientras nos decimos que empezaremos el lunes, con la vuelta plena a la normalidad.

De repente hubo un señor, nos contaron, que un día se paró en seco en una plaza de Atenas y se puso a pensar (con un poco de suerte te enseñaron “ágora” en vez de plaza).  Era un tipo muy excéntrico, que entraba en trance y podía estar horas y horas sin moverse, mientras pensaba. Hacía preguntas que casi siempre empezaban con un “por qué” (por qué amamos, por qué odiamos) o un “qué es” (qué es lo bello, qué es lo justo). Escandalizaba mucho a la gente, aparentemente, y sobre todo a los poderosos. Acabaron condenándolo a muerte -aquí probablemente aprendiste lo que es la cicuta, el veneno que Sócrates tuvo que ingerir-. Antes de morir le dio tiempo a decir que era el más sabio porque sólo sabía una cosa: que no sabía nada.

Lo importante no nos lo cuentan: ¿qué hacíamos los humanos antes de Sócrates? Al margen de los pobres presocráticos, la cuestión es que, hasta entonces, los humanos comíamos, cazábamos, cultivábamos árboles frutales, ese tipo de cosas. Lo hacíamos porque había que hacerlo, y de ello dependía nuestra supervivencia. Lo hacíamos como la cigüeña emigra: porque tiene que hacerlo. Pero ella no sabe por qué lo hace. En realidad, ni siquiera tiene conciencia de sí misma: no piensa sobre las migraciones, porque ni siquiera sabe que existe. Su instinto animal le dice que debe sobrevivir, no importa para qué. Los humanos, en cambio, tenemos conciencia de nosotros mismos. Desde luego, estamos hechos para sobrevivir, pero nos importa mucho saber para qué vivimos, por qué dedicamos nuestro tiempo a un trabajo que no nos gusta o por qué seguimos con una vida que nos desquicia.

Sin embargo, a menudo llevamos el piloto automático, como le ocurría a la humanidad anterior a Sócrates, y no nos hacemos ninguna pregunta. Nos limitamos a transportar palitos de un lado a otro para construir un nido, a volar arriba y abajo sólo porque es lo que hemos hecho hasta ahora. Los propósitos de Año Nuevo no son relevantes por lo que realmente uno consigue, sino porque al pensar en ellos, uno reflexiona sobre sí mismo, sobre lo que es, lo que quiere ser, sobre sus valores y la coherencia de estos con nuestra vida real… Todo ello equivale a apagar el piloto automático, ser menos cigüeña y más humano. O sea, hacerse un Sócrates.

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