El martes pasado Miguel Ángel Revilla llegaba a su cita en Moncloa con Pedro Sánchez a bordo de un pequeño vehículo eléctrico. El presidente de Cantabria, que siempre tuvo a gala emplear el taxi para sus movimientos en la capital y evitar así el desplazamiento del coche oficial, optaba por esa fórmula de transporte con la connivencia de un amigo porque los taxistas de Madrid y de media España estaban en huelga. Al igual que Revilla centenares de miles, puede que millones de ciudadanos, se buscaron la vida esta semana para paliar los efectos del paro.

Mientras los taxistas se negaban a prestar servicio, sin apenas cubrir más servicios mínimos que los puramente testimoniales, mucha gente, que no había utilizado jamás las plataformas de VTC, contra las que ellos pugnan, se bajaban las aplicaciones de Uber y Cabify y aprendían a utilizar unas nuevas y competitivas formas de transporte urbano. La llegada masiva de nuevos clientes a los VTC se producía a pesar de los ataques y agresiones perpetrados por elementos violentos del sector del taxi contra las "cucarachas" como ellos denominan a los vehículos negros que estas plataformas emplean para dar servicio. El éxodo de clientes beneficiaba también a las diferentes redes de alquiler de coches eléctricos cuyas webs se veían literalmente desbordadas por la demanda. Clientes que quizá nunca hubieran probado estos nuevos modos de transporte o habrían tardado años en hacerlo de no haberse producido la huelga total del taxi, y que ahora consideran esa alternativa.

Para el sector, las acciones llevadas a cabo esta semana han sido, en términos de marketing, el peor negocio imaginable. Tal vez crean haber ganado esta partida al ejercer una presión brutal contra el gobierno pero es obvio que han perdido de forma clamorosa la batalla de la opinión publica. Todas las razones que puedan asistir a su causa quedaron relegadas y desprestigiadas ante la ciudadanía por los modos empleados para defenderlas. Y es que además de paralizar sin paliativos un servicio de carácter público se dieron el lujo de secuestrar la movilidad en la ciudad bloqueando las grandes vías de distribución urbana. Resulta inexplicable que todo un sector pueda dejarse arrastrar por sus elementos más radicales y violentos hasta proyectar una imagen tan lamentable.

Soy usuario del taxi y lo seguiré siendo porque sé que hay muchos taxistas que no les gusta el papel que han protagonizado ni están conformes con la metodología exhibida. Tardaremos sin embargo en olvidar los episodios de brutalidad presenciados, sin que nadie tuviera la decencia de denunciar a sus autores, al menos para no ser confundidos con ellos. Tampoco será fácil olvidar el abandono irresponsable del servicio a que nos han sometido y mucho menos la chulería con que secuestraron la movilidad de la ciudad colapsando el tráfico donde más daño hacían.

Lo ocurrido no les va a salir gratis, la antipatía cosechada en estos pocos días les pasara factura. Se lo deberán a unos cuantos exaltados que para tener su semana de gloria provocaron la semana negra del taxi.