Esto se acabó. Parecía que nunca concluirían estas fiestas tan cruelmente entrañables pero el final ha llegado. Es hora de hacer balance de daños y afrontar la realidad sin los prismas de colores que en navidad todo lo convierten en ilusión y fantasía. El primer repaso será a nuestra propia salud para testar el alcance real de los estragos causados en hígado, páncreas y aparato digestivo tras el abuso continuado en la ingesta de toda suerte de alimentos y bebidas espirituosas. Quienes han logrado sobrevivir a tanto festival gastronómico además de enfrentarse al dictamen de la báscula y preparar un plan de contrición que  recupere la autoestima anatómica deberán seguir una dieta monacal si no quieren encontrarse más pronto que tarde con una analítica que reduzca su esperanza de vida a la mínima expresión.

La campaña de rebajas que acaba de empezar se nos antoja casi una provocación

No será el descrito el  único esfuerzo que nos aguarda en el retorno a la normalidad perdida. El económico habrá de ser aún mayor. La campaña de rebajas que acaba de arrancar se nos antoja casi una provocación después de haber sometido a la economía doméstica a la más fatigosa vorágine consumista de todo el año. Llevamos desde noviembre exprimiendo la tarjeta de crédito y gastando muchas veces sin saber por qué y, con frecuencia,  por encima de nuestras posibilidades.

Es obvio que  este 2017 no trae precisamente buena cara para el bolsillo de la ciudadanía. En los primeros días del nuevo año los medios de comunicación, a falta de otros argumentos informativos con que cubrir la orfandad de noticias, se han empleado a fondo en recordarnos lo duro que va a ser el año por la subida del coste de la vida. No están exagerando, todas las previsiones coinciden en proyectar un incremento significativo en partidas que ponderan decisivamente en la economía de la mayoría de los hogares. El más notable el de la energía. Tanto la electricidad como el gas van a experimentar subidas que, en el caso de la luz, alcanzarán niveles de escándalo después de 8 meses de alza consecutivos. Que la factura energética llegue a comerse  la quinta parte de la pensión de un jubilado es socialmente inadmisible.

Es obvio que este 2017 no trae precisamente buena cara para el bolsillo de la ciudadanía

Ya de salida los pensionistas verán mermada su capacidad adquisitiva  por la inflación. La etapa deflacionista ya conclusa ocultaba los efectos perversos  de la última reforma del sistema que elimina la vinculación de la cuantía de las pagas a la evolución del IPC. Los precios han subido un 1,50% y las pensiones solo subirán un 0,25. En el 2017 se espera que suban un 2 y así proseguirá el quebranto si el pacto de Toledo no corrige la aberración.

Este año subirán los alquileres, la mayoría de los IBI y los impuestos del tabaco y el alcohol. El consuelo serán los transportes y el agua, que se congelan así como la subida del salario mínimo.  Las apreturas prometen ir más allá del clásico enero. El mes en el que pasamos de la fiesta a la cuesta, sin anestesia.