La experiencia ya no es un grado. No lo es al menos para quienes rondan los 50 en que empiezan a ser contemplados en muchas empresas como si fueran vintage. Hoy por hoy es la peor edad imaginable para perder el puesto de trabajo porque, restándoles aún unos quince años para alcanzar la jubilación y agotadas las prestaciones sociales, el mercado laboral les rechaza como si tuvieran la peste.

Los datos de la EPA resultan demoledores. De los 3.800.000 personas que engrosan las listas de parados, casi millón y medio son mayores de 45 años, cuando hace una década apenas alcanzaba los cuatrocientos mil. Este segmento es, con diferencia, el que soporta mayor componente de paro de larga duración, con cerca del millón de individuos mayoritariamente mujeres. Para hacerse una idea de hasta qué punto la edad es una rémora a la hora de recolocarse baste decir que, mientras el desempleo cayó en el último año casi un 11 por ciento de media, entre los que superaban los 55 solo lograron colocarse el 1,2.

Si años atrás el paro juvenil provocaba la mayor alarma social por la ausencia de perspectivas, la frustración generacional y el éxodo de talento que supuso, en la actualidad son los veteranos desempleados quienes peor lo tienen. Este colectivo, tal y como explica Selectiva, empresa especializada en la gestión de Recursos Humanos, ha de afrontar una carrera de obstáculos y prejuicios difícilmente superables. Es muy frecuente que lo primero que miren los departamentos de personal sea la fecha de nacimiento del postulante y ni siquiera contemplen la posibilidad de contratar a quien pase de los 45 o 50.

Los sesudos killers que aplican tan cruel filtro actúan desde la convencional prevención de que a esas edades les será muy difícil adaptarse a las nuevas tecnologías y la transformación digital. Suponen igualmente que son menos flexibles que la gente joven a los horarios de trabajo y disposición para viajar y que solo aceptarán contratos estables y salarios altos. Suelen, de igual modo, creer que están menos preparados que los jóvenes que presentan en sus currículos un rosario de titulaciones, cursos y masters.

Paradójicamente también rechazan a los maduros muy cualificados por entender que resultarán demasiado exigentes. Así se entiende que el 70 por ciento de los reclutadores de personal no hayan contratado en el último año a nadie entre los mayores de 55, como reflejan los informes publicados por la Fundación Adecco. Son prácticas que además de condenar a la desesperación a cientos de miles de españoles dejan que se vaya por el desagüe la enorme riqueza que proporciona la experiencia acumulada en los años de ejercicio profesional.

Renunciar a ese conocimiento empírico, además de resultar socialmente injusto, es nefasto para las empresas que ignoran el plus de productividad que en otros países les proporciona un adecuado intercambio intergeneracional. En realidad, los apestados del mercado laboral no tendrían que ser los trabajadores maduros sino los incompetentes que les descartan.