Un punto de giro es ese momento en el que una historia que iba en una dirección toma una nueva de la que no hay vuelta atrás. Por ejemplo, cuando el Titanic se choca con el iceberg, o cuando el PP, un partido del que decían que militaba más en la mantilla que en el feminismo, puede acabar siendo el único con una mujer al frente.

Soraya Sáenz de Santamaría ha ganado la primera vuelta de las primarias del PP. Se lo merece, aunque solo sea por la cantidad de veces que tuvo que dar la cara mientras Rajoy escondía la suya. El caso es que España es el único país de los cinco más poblados de Europa que nunca ha tenido al frente de sus partidos más votados a una candidata a la presidencia. Si yo llevara la comunicación del PP, sabría de qué hilo tirar.

Una mujer en primera línea, hoy en día, es sinónimo de feminismo. La realidad es que también puede ser lo contrario, que pertenecer a un género no determina ser consecuente con la igualdad, pero vivimos en un tiempo en el que la forma parece más importante que el fondo y en la foto del PP hemos visto a dos mujeres candidatas al liderazgo. En la que se hizo Podemos cuando la movida del pacto de Bescansa y Errejón, esa que la sacó a ella de la ecuación, se veía al segundo implicado abrazado a Espinar e Iglesias con un “Nosotras” tras ellos. Sánchez tiene un Consejo de Ministras, pero hay a quien le suena al teatrillo de moda de esas empresas que se enorgullecen de contratar, antes que nada, a mujeres (a mí me suena machista, que parece que desgravan), pero luego resulta que no hay manera de que suban hasta los últimos peldaños.

A ver qué pasa con Casado y Cospedal, aunque esto de marcar el gol feminista, aunque haya sido circunstancial, parecía imposible en un partido que ni secundó la huelga del 8M. La realidad es que la derecha es experta en asumir reivindicaciones que deberían llevar la etiqueta roja (el tanto de la ley de autónomos se lo llevó Ciudadanos, y ahí está la ultraderecha sacando pecho con su reparto de alimentos). Sobre todo, cuando la intervención es solo superficial.

En una más profunda, el género de quien está al frente debería ser secundario y lo principal, que el mensaje sea sincero. Uno que no se base en hablar con miedo por si el lenguaje no suena inclusivo, ni en tuitear mucho para ganar seguidores que pueden traducirse en oportunidades laborales y luego criticar el rédito del feminismo mercantil de camisetas de Inditex (spoiler: es imposible desligar la ideología del capitalismo, así que mejor aprovecharse de él). Lo realmente importante en la lucha por la igualdad es actuar para romper de una vez el techo de cristal, para que la maternidad no sea sinónimo de anular la vida laboral, para que la justicia sea justa y para que el valor esté en la persona y no en el género. Un feminismo de obras, que ya se sabe que esas son amores y no buenas razones.