Las palabras no son neutrales. No es lo mismo decir "la España vacía" que "la España vaciada", al igual que no es lo mismo hablar de "países pobres" o de "países empobrecidos". Preferimos ignorar que detrás de los grandes acontecimientos hay un sujeto que los hace posibles. Nos sentimos más cómodos sintiéndonos meros espectadores de un mundo que no podemos cambiar.

Tras décadas haciendo esfuerzos por negarla, la crisis climática ha emergido de forma insoslayable. Y es que se acumulan acontecimientos de gran dimensión: el aumento de la temperatura global, el progresivo deshielo de las masas glaciares, la subida del nivel del mar, las sequías, la sucesión de fenómenos meteorológicos extremos...

Por eso, lo más adecuado es llamar a las cosas por su nombre. No estamos ante un cambio climático que observemos como espectadores pasivos, sino ante una crisis de graves consecuencias en todos los ámbitos, en la que nosotros, los seres humanos, somos protagonistas activos, con un estilo de vida basado en un consumo insostenible e irresponsable.

En nuestras manos está poner freno a esta catástrofe que se aproxima a paso vertiginoso. Como consumidores debemos exigir a las compañías eléctricas una apuesta sincera por las energías limpias y priorizar a las empresas en general que renuncien a contaminar, así como denunciar el desmesurado impacto ambiental de la ganadería industrial.

Y como electores debemos exigir a las instituciones que emprendan sin más demora la imprescindible e inaplazable transición energética. No nos quedemos al margen de la movilización ciudadana mundial. Como otros países, España debe declararse en estado de emergencia climática. No hay tiempo que perder.