Sembrar en el desierto no es una locura ni un oxímoron. Lo contaba el médico tunecino Moncef Marzouki, que fue el primer presidente de Túnez elegido democráticamente. En Europa no sabemos lo que es sembrar en el desierto, pero él compartía la experiencia que había vivido con su abuelo.

Aquel hombre se había acostumbrado a sembrar en una tierra árida y luego esperar. Esperar la lluvia, por mucho que pudiera retrasarse. Esperar contra toda esperanza. Y es que, incluso en el desierto, hay un día que llueve. Y entonces aquel suelo quemado y estéril se transforma en un vergel.

Como si fuera un milagro, brotan plantas y flores que van tiñendo de color el paisaje árido. "No sé si usted ha visto el desierto después de la lluvia, ¡es como la Bretaña! Un día, usted marcha sobre una tierra completamente quemada, luego llueve y lo que sigue, usted se pregunta cómo ha podido producirse2, decía Marzouki. Aquel milagro es posible porque alguien se había preocupado de sembrar, sin importar cuánto tardaría en recoger los frutos de su trabajo.

Aquella imagen le marcó cuando era niño. ¡Hay que sembrar! Esa es la principal enseñanza que recibió de su abuelo: "Siembro y si mañana llueve, está bien, y si no, al menos los granos están ahí, porque ¿qué va a pasar si no siembro? ¿Sobre qué caerá la lluvia? ¿Qué es lo que va a crecer, piedras? Es la actitud que adopto: sembrar en el desierto". Vivimos tiempos complejos, inestables y arriesgados, en los que han desaparecido las certezas.

Solo queda armarse de paciencia y trabajar sin más excusas por el mundo que soñamos para que algún día pueda hacerse realidad, cuando llueva, aunque tarde en llover.