Olvidar la historia nos condena a repetir sus errores. Pero olvidar los cuerpos de nuestros abuelos en las cunetas donde fueron arrojados por sus asesinos es el mayor error de todos. No se puede pasar página, no se puede levantar un futuro en común sobre una fosa de olvido y mentiras. Entre otras cosas, porque no es legal que haya muertos sin localizar ni enterrar dignamente. Aunque hayan pasado ochenta años. Esto va de dignidad.

Para rescatar del olvido la memoria de aquella generación que perdió su voz, su libertad e incluso su país, a iniciativa del colectivo memorialista de Cantabria Desmemoriados, se acaba de publicar un libro de narrativa en el que he tenido el honor de participar.

Relatos de la memoria herida —editado por La Vorágine, que es referencia de la cultura crítica— recoge doce relatos y un epílogo de autores de estilos y perspectivas diversos que nos llevan más allá de las cunetas de la ignominia.

Las historias de Julio Llamazares, Almudena Grandes, Antonio Orihuela, Luisa Carnés, Joseba Sarrionandia, Alfons Cervera, María Toca, Isabel Tejerina, Pilar Salamanca, Gloria Ruiz, Juan Gómez Bárcena y Mabel Andreu, junto a la mía, ponen rostro a las esperanzas rotas, a los sueños secuestrados, al dolor atroz de la guerra, a la brutalidad de las ejecuciones y la represión, a la nostalgia del exilio, a la doble condena del olvido y a la tenacidad de los nietos que se esfuerzan por recuperar la memoria.

Hermoso viaje este que se nos propone a través de la literatura, más allá de las batallas o los discursos, para reconstruir las vidas de aquellos héroes anónimos víctimas del fanatismo, el odio y la sinrazón, con quienes la democracia española todavía está en deuda.