Sostiene el gran pedagogo Francesco Tonucci que la presencia de niños y niñas jugando en las calles es el mejor termómetro de la calidad de vida de una ciudad. Si los vemos en las plazas, paseando, corriendo, jugando tranquilamente, quiere decir que vivimos en un entorno seguro, confortable, sano. Por eso preferimos ciudades donde se pueda jugar, no solo limitadas a zonas de juego con vallas de seguridad, sino diseñadas como un espacio público seguro.

Algunos Ayuntamientos progresistas quieren hacer realidad la ciudad de los niños de Tonucci y, para ello, han desarrollado planes de ampliación de las zonas verdes o proyectos más ambiciosos como las supermanzanas, donde se limita la circulación de vehículos y se recuperan las calles interiores con zonas ajardinadas como espacios comunitarios, de juego y disfrute de los vecinos y vecinas.

Ahora, a partir de la denuncia de SEO-Birdlife, somos conscientes de que la presencia de gorriones también es un excelente indicador de la calidad ambiental de nuestras urbes. En los últimos diez años hemos perdido 30 millones de gorriones, un 21% de los ejemplares que había en España.

Su desaparición es la demostración palpable de la pérdida de calidad de vida en nuestras ciudades. El triunfo del cemento sobre las zonas verdes y el consiguiente retroceso de la salubridad están atacando la biodiversidad, con consecuencias negativas también para las personas.

Necesitamos ciudades ‘biodiversas’, saludables y verdes. Parafraseando a Martin Niemöller podríamos concluir que, cuando los gorriones desaparecieron, no me preocupé porque yo no era gorrión, pero, cuando la merma de biodiversidad me alcanzó a mí, ya no había nadie para defenderme.