Abocados a la emergencia climática, resulta incomprensible que se continúe promoviendo la ganadería industrial. Ni las advertencias de la Organización Mundial de la Salud sobre los riesgos del consumo abusivo de carne para la salud pública, ni las reiteradas denuncias sobre el desmesurado impacto de las macrogranjas sobre el medio ambiente deberían caer en saco roto.

La OMS es clara: la carne procesada es carcinógena, esto es, produce cáncer, y la carne roja probablemente también. Además, su consumo excesivo fomenta la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Y la mitad de los medicamentos se destinan a la ganadería industrial, lo que crea nuevos "supermicrobios" resistentes a los antibióticos, lo que en 30 años, según la OMS, puede provocar más muertes que el cáncer. Y España es el país europeo que más los utiliza en ganadería.

Desde el punto de vista ambiental, la perspectiva no es mejor. Tal como denuncia Greenpeace, la ganadería produce el 14,5% de la emisión de gases de efecto invernadero, tanto como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos. Además, el 75% de la superficie agrícola se destina a la ganadería, lo que amenaza la conservación de los bosques y la biodiversidad (y el 80% de la Amazonia, por ejemplo).

La crisis climática nos obliga a cuestionar no solo la política energética, sino también nuestro modelo alimentario, sobredimensionadamente basado en productos de origen animal. En unas décadas hemos pasado de reservar el consumo de carne para los días de fiesta, a comer carne todos los días, para comer y para cenar, lo que no resulta sostenible ni para la salud de las personas ni para la del planeta, por no hablar de la ética del respeto a los animales.