El concello de Oia, en la comarca pontevedresa de Val Miñor, de 3.000 habitantes, ha creado una Concejalía de la Felicidad. Sí, una concejalía cuyo cometido será desarrollar proyectos que "hagan felices" a los vecinos, muy relacionados con la cultura pero también con los servicios sociales. Iniciativas, entiendo, que para empezar procuren el bienestar social de las personas. La medida ha provocado críticas de la oposición y de medios de comunicación que la han denostado, ridiculizando a la alcaldesa, Cristina Correa, que es del PP.

Es verdad que la iniciativa está aún lejos de considerar la felicidad como un medidor económico que tenga en cuenta más que actividades culturales y de ocio para hacer "más felices a los vecinos", pero por algo se empieza. Tiempo tienen y ejemplos en los que fijarse también.

Para mí, durante muchos años, el primero, Bután, ese pequeño país del Himalaya, al que desde siempre he querido viajar, admirada porque hizo de la búsqueda de la felicidad una política estatal.

Es el país que en la década de los setenta del pasado siglo xx acuñó el término Felicidad Nacional Bruta (FNB) y lo convirtió en un indicador económico, en sustitución del Producto Interior Bruto (PIB) de Occidente, con cuatro pilares fundamentales: el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno.

Desde entonces, la Felicidad Nacional Bruta ha sido un objetivo casi inalcanzable frente al poderoso PIB, centrado en el crecimiento económico, en el valor monetario de la producción de bienes y servicios finales.

Desde 2012, Naciones Unidas publica informes mundiales sobre la felicidad como medida de progreso y en el último ha clasificado a Finlandia como el país más feliz del mundo, seguido de Dinamarca, Suiza y Noruega. Para tener esos niveles de felicidad (bienestar social), todos cumplen de sobra con las variables sociales clave: los ingresos, una esperanza de vida saludable, apoyo social, libertad, confianza y generosidad.

En las antípodas, no solo geográficas, de Oia, en Nueva Zelanda (casi cinco millones de habitantes), hay otro ejemplo. La primera ministra, Jacinda Ardern, del Partido Laborista, ha hecho que el país sea el primero en tener un presupuesto que se medirá no por el crecimiento económico (PIB) sino por el bienestar de sus ciudadanos.

Una suerte de Felicidad Interior Bruta que va a tener en cuenta mejorar la salud mental, reducir la pobreza infantil, abordar las desigualdades de los indígenas maoríes, prosperar en la era digital y una economía de medio ambiente sostenible y baja en emisiones. ¿Se lo imaginan aquí?