Horror me produjo escuchar en el programa de Jordi Évole los testimonios estremecedores de hombres que sufrieron de niños los supuestos abusos de un cura pederasta durante su estancia en un seminario. Espanto que no disminuye aunque me cuenten mil veces lo que ocurría hasta hace muy pocos años y la Iglesia católica tapaba y tapaba.

Algunos de mis amigos que estuvieron internos, no en seminarios pero sí en colegios de curas, contaban cuando han sido mayores que los curas pederastas eran más comunes de lo que pensamos y que aunque ellos no los sufrieron en sus carnes, sí escuchaban rumores e historias truculentas de algunos compañeros. Los pelos como escarpias se me ponían cuando les escuchaba.

El caso de F. L., que contaba en el programa que sufrieron abusos él y su hermano y que han tenido secuelas de aquello toda su vida, el del joven que denunció al llamado clan de los Romanones en Granada o la veintena de casos que apenas se han conocido deben de ser solo la punta del iceberg de lo que ha pasado en la Iglesia española durante tanto tiempo y por lo que aún nadie ha tenido castigo. Miles de casos seguro que se contabilizarían, pero como no ha habido denuncias –el clero manda mucho todavía–, no existen, y así los curas se lavan las manos, miran hacia otro lado y siguen cobrando del Estado. Por no hacer, no castigan a sus depredadores por sus tropelías, les cambian de colegio o de parroquia, como pasó con el indeseable del que se habló en el programa de Évole , o les mandan un año de ejercicios espirituales y cumplido el plazo, a cazar en otro coto. ¡Qué lamentable!

La Iglesia católica ha reconocido 4.500 casos en Australia, 1.300 en Estados Unidos y 1.000 en Bélgica

A raíz de las miles de denuncias de pederastia que se han presentado en otros países, sobre todo a partir de la década de 1990, la Iglesia católica ha reconocido 4.500 casos en Australia, 1.300 en Estados Unidos y 1.000 en Bélgica, pero aquí, en España no hay apenas datos, una veintena, a pesar del empeño que ha puesto en el problema el papa Francisco, previo conocimiento de los abusos por las cartas que le enviaron directamente a él dos afectados. Aun así, su empeño no ha servido de momento para llegar hasta el final, hay mucho corifeo alrededor que sigue tapando y tapando.  

Ojalá que la difusión de estos casos por los medios de comunicación anime a más víctimas a denunciar lo que hicieron estos bárbaros con ellos, que se abra una investigación judicial en toda regla y que los culpables paguen según la ley penal, no con traslados ni retiros espirituales. Porque aquí, lo más que han hecho los obispos, solo hace tres semanas, y a petición también del pontífice, ha sido pedir perdón por los abusos a menores e invitar a rezar por todas las víctimas, en el Día Universal del Niño. De culpables, de penas, de resarcimiento, de responsabilidades, nada, no hablamos. ¡Tela!