Acabamos de salir de un puente en el que el turismo ha marcado récord por las altas temperaturas. Las televisiones no han dejado de contarnos que las playas estaban llenas y en las ciudades las terrazas a reventar por el 'buen tiempo' —de esto último en Madrid doy fe—.

Sí, está muy bien una salida a la playa y un bañito en el mar, aprovechando que es otoño y seguimos con 30 grados en las horas centrales del día y por la noche nos basta con una rebeca, y a veces ni eso, para estar a gusto. Pero buen tiempo no es. Buen tiempo no es que haya una sequía del diez, que los pantanos agonicen, que no haya caído una gota de lluvia desde ni se sabe cuánto hace o que el campo se haya vuelto loco y los agricultores no tengan ni idea de qué hacer con las cosechas.

En el pueblo en el que vivo, la gente está mirando al cielo y esperando a que el tiempo cambie porque los campos están secos, los pinares son como teas a punto de arder, los huertos ni responden y la campaña de la aceituna está en un tris de echarse a perder. Así que cada vez que ven a los meteorólogos en la tele anunciando que vamos a seguir con buen tiempo y que las temperaturas van a continuar por las nubes, ganas les entran de apedrear el televisor.

Nosotros, los de a pie, a cambiar los hábitos para no seguir degradando el entornoNo es buen tiempo, es el cambio climático, que ya es más que evidente, aunque a algunos políticos les haya costado tanto tiempo creerlo. Y si somos nosotros —el ser humano— los únicos responsables de haber llegado a esta situación tan lamentable, también deberíamos ser conscientes y exigir a quienes nos gobiernan que pongan los medios necesarios para cambiar el rumbo directo al precipicio; que no solo es medioambiental, dicen los expertos, también tiene graves impactos económicos y sociales: daños en las cosechas y en la producción alimentaria, las sequías, los riesgos en la salud y los fenómenos meteorológicos extremos, como tormentas y huracanes.

Greenpeace dice que España ha sido de los países más incumplidores del Protocolo de Kioto y que eso nos ha llevado a gastar más de 800 millones de euros en la compra de derechos de emisión. Y recuerda también que la última reforma del sector eléctrico ha frenado las energías renovables, ha penalizado el autoconsumo energético y ha fomentado energías sucias como la extracción de petróleo y el fracking.

Esperemos que ahora España mantenga su compromiso con el Acuerdo de París de junio de este año para frenar el cambio climático y esperemos también que ningún país siga la senda de Donald Trump, que ha retirado a Estados Unidos de este gran acuerdo. Tiene bemoles que el primero que tiene que dar ejemplo de lucha contra lo que se nos viene encima sea el mayor negacionista del mundo. Que no cunda el ejemplo. Y nosotros, los de a pie, a cambiar los hábitos para no seguir degradando el entorno.

Cuando escribo esta columna, anuncian algunas lluvias para este martes. Ojalá que lleguen para quedarse un tiempo, que falta hace.