María Pilar Díez Espelosín es una mujer menuda, vivaracha, amena, con carácter, con mucho sentido del humor y muy interesante en su conversación que estos días está en Madrid recuperándose de un contratiempo, antes de volver a irse a Ruanda, en donde es misionera desde 1972. Con esta navarra de 87 años, tan querida en nuestra casa, pasamos la tarde del domingo, entretenidos con sus historias, bromeando sobre sus creencias y ávidos por conocer cómo están las cosas allí y cómo le va a ella, misionera de la congregación de Jesús, María y José.

Seguro que muchos recuerdan que hace 24 años, en 1994, María Pilar fue la voz del horror del genocidio ruandés para los medios de comunicación, porque permaneció durante días sentada al teléfono del pequeño hospital de Kibuye, desde donde contaba la matanza de sus vecinos, de sus enfermos, que también estuvo a punto de alcanzarla a ella misma y a sus compañeras.

Precisamente, esta labor de reportera inesperada y su trabajo en la misión les valió a las misiones de Ruanda y Burundi el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de aquel año, personificado en María Pilar. Todavía hoy le sorprende que les dieran un premio por hacer su trabajo.

Nosotros, como periodistas, queremos saber y le preguntamos por esto por aquello, pero aún hoy mantiene su prudencia en decir según qué cosas que puedan traerle complicaciones. Sí cuenta encantada lo que va logrando con las familias a las que atiende: la planificación familiar para que las mujeres no se carguen de tantos hijos que las dejan exhaustas a una edad todavía joven, que sus maridos atiendan a razones, que ha conseguido una tierra para que una viuda pueda tener su medio de vida o un trabajo para aquel hombre que lo perdió todo porque es de la etnia distinta a la que gobierna... Lo que se puede contar. Lo que no, por las posibles consecuencias, lo mantiene en silencio. Después de tantos años, las aguas no han vuelto a su cauce entre hutus y tutsis, solo se ha dado la vuelta a la tortilla, pero de esto no quiere hablar.

Está deseando volverse a África y mientras llega el momento está en la casa madre de su congregación en Madrid, en Comillas, un barrio que ha cambiado mucho desde que llegaron allí las hermanas, cuando era un suburbio de chabolas y ningún servicio ciudadano y que se ha ido transformado con el tiempo. Así lo muestran las fotografías que tienen expuestas en la pared: el ayer y el hoy de Comillas, y que María Pilar nos enseña asombrada como si todavía guardara en la retina la imagen del barrio al que llegó a trabajar con las familias desfavorecidas hace tantos años. Antes de marcharse a África, estuvo 21 años en España, realizando labores humanitarias en barrios marginales.

En breve volverá a Ruanda, donde está su vida y su gente y su corazón, porque como ha dicho es "ruandesa de corazón". "Amo y comparto la vida con este pueblo y hago mías todas sus realidades. Sufro y gozo con ellos".

Hasta la próxima y mucha suerte.