Las elecciones de mayo están a la vuelta de la esquina. Lo saben todos los partidos políticos y, en especial, los equipos que trabajan en este asunto. Es una industria, un quehacer técnico y una esfera mercantilizada en la que se 'negocia' con deseos para conseguir votos. Se venden ilusiones, se compran promesas. Por eso, las estrategias de comunicación política, si aspiran a ser eficaces, se han de cocinar con antelación. El propósito es ganar en ese mercado de pulsiones y pasiones. Aunque ni nada ni nadie garantice que un contratiempo no eche por tierra los esfuerzos. Como hemos vivido, basta un atentado o un desastre mal gestionado para cambiar las inercias.

En el mercado de votantes no es trivial anticiparse y alcanzar objetivos. Estamos en una época en la que las emociones hacen volátiles e imprevisibles las preferencias del electorado. Sin embargo, hay corrientes de fondo, tendencias fuertes, que cristalizan formas de opinión pública más plausibles que otras. Esas son biunívocas, es decir, el conjunto de los argumentos de un partido político se corresponde con el conjunto de las expectativas del electorado, y viceversa.

Esa dinámica de cristalización se puede conducir, planificar. Mucho más en una sociedad digitalizada como la actual. Las elecciones de Estados Unidos en las que Trump consiguió la presidencia, el referéndum del brexit y algunos ejemplos más nos han hecho redescubrir que los gustos se manipulan. Y esto es clave en un contexto social donde lo político ya no es solo un debate racional de ideas y propuestas para mejorar la vida en común.

Las inercias sistémicas y nuestras propias decisiones nos han traído a un escenario fundamentalmente emocional, efímero. Se apuesta a corto plazo. El beneficio ha de ser inmediato. No nos permitimos esperar. Queremos que antes de plantar el árbol los frutos estén en la mesa. Con ese modo de hacer y de entender las cosas se incentivan políticas miopes, alejadas de grandes retos y de la construcción de horizontes que requieran tiempo. Por eso mismo, la palabra de un político ha dejado de ser algo sólido, firme. Cambia, como la veleta, en función del viento que sopla.

No dejamos espacio para personas con proyectos a conseguir a medio o largo plazo. Quizá también sea así porque nuestra propia vida está sometida a una aceleración tecnológica que no controlamos: la inmediatez va acompañada de obsolescencia constante. Estamos en un casino cuyas tragaperras engullen personas e ideas mientras la bolita mueve la ruleta. La política se ha invertido desde el momento en el que para seguir en el poder basta con decir cada día lo que más convenga sin mantener la palabra dada.