Sostiene el escritor Juan José Millás que la libertad es uno de los componentes esenciales de la felicidad inteligente. Y concluye envidioso: "El pájaro es la libertad". Qué razón tiene. No hay más que asomarse estos días a la calle, o mejor aún al campo, para descubrirlo. En el cielo vuelven a verse los bandos de grullas en perfecta formación en uve camino del norte de Europa. Esas sí que son felices. Unas vividoras. Ponen punto final a sus felices vacaciones en España. Han pasado varios meses disfrutando de nuestro sol y nuestra comida mediterránea, poniéndose moradas a bellotas que disputaban a los cerdos ibéricos en las dehesas andaluzas y extremeñas, montando fiestas nocturnas de lo más ruidosas en lagos y embalses donde al ritmo de su trompeteo perfeccionaron las danzas del ligoteo, saltitos nerviosos, reverencias cabeza arriba y abajo, alas extendidas, colas entorchadas, mucho postureo. Pero hay que volver al trabajo, y el suyo consiste en buscar pareja (si la han perdido, pues son monógamas y fieles de por vida), elegir un buen territorio y sacar adelante una nueva familia, normalmente dos pollitos al año. El camino de regreso es pura emoción. ¿Cómo verán nuestro mundo desde el aire cuando pasan estos días por ciudades tan inmensas como Madrid? En su instinto animal no sabrán lo que es la libertad, pero seguramente sospecharán que ahí abajo, en este hormiguero nuestro de edificios, calles y autopistas repletas de automóviles humeantes, la libertad es más un sueño que una realidad tangible.

Quien sí lo sabía muy bien era Dédalo, el mítico griego atrapado en el laberinto que él mismo había fabricado para Minotauro en la isla de Creta. El diseño perfecto donde se escondía el monstruo acabó convirtiéndose en su cárcel. ¿Cómo escapar de ella? Podría haber hecho lo mismo que Ariadna y Teseo, tirar del ovillo de la vida, desenredar sus nudos con paciencia hasta encontrar una salida digna. Pero prefirió tirar de su ingenio. Y se fijó en las aves. El primer ornitólogo de la historia de la humanidad descubrió que para ellas el laberinto no existe; desde el aire tan solo es un tortuoso camino pegado a la tierra sobre el que los seres humanos damos vueltas como idiotas. Ser como ellas. Volar. Ahí estaba la clave. Y Dédalo decidió intentarlo a pesar del riesgo. Aprendió a hacerlo con inteligencia, estudiando pacientemente los movimientos de los pájaros, analizando su cuerpo, sus alas, su técnica secreta para poder tocar las nubes y jugar con el viento. Cuando conoció toda la teoría pasó a la práctica. Estuvo años recogiendo plumas que fue pegando con cera al cuerpo, transformando sus brazos en alas a las que dio suave forma de gaviota. Y al final voló cual pájaro feliz. Emocionado con su invento equipó a su hijo Ícaro de la misma forma. Luego le tomó con cariño de la mano y enseñó a volar. La libertad de ambos estaba muy cerca, pero había que ser prudentes. Era necesario no elevarse demasiado, porque el calor del Sol podría derretir la cera, pero también no volar demasiado bajo, porque entonces el agua del mar mojaría las alas y no podría sustentarlos en el aire.

¡Prudencia juvenil! ¿Conoce alguien a un joven prudente? Todos sabemos lo que pasó. Ícaro, entusiasmado con las alas y desoyendo las advertencias paternas, comenzó a ascender cada vez más alto, cada vez más lejos, ajeno al peligro de esas plumas que poco a poco iban despegándose de su cuerpo dejando una hermosa estela blanca. El castigo a tal temeridad fue terrible. Cayó pesadamente al mar en un descenso de vértigo, terrorífico. "¡Ay, si hubiera hecho caso a su padre!", le digo yo a mi hijo. "Pero al menos voló, disfrutó del riesgo, de la aventura", me responde él.

Es verdad. Ícaro llegó más alto que nadie había llegado nunca. ¿Qué habría pasado si la cera no se hubiera derretido? Hoy sería nuestro héroe en lugar de nuestro maravilloso loco. Y nosotros seríamos más libres. Y más felices.