De repente paré. Llevaba varias horas paseando por el barrio de Tetuán, en Madrid, esquivando multitudes, cuando caí en la cuenta. ¿Dónde estaban nuestros vecinos con alas? Ni un gorrión en toda la mañana. Ni siquiera un cantarín mirlo. Por suerte, un rato después, al adentrarme en una de esas calles que aún conservan el espíritu rural de otros tiempos, escuché el canto inconfundible de un macho de colirrojo tizón.

Difícil de descubrir en la jungla urbana, su melodía era, sin embargo, la misma que suena en las risqueras de espacios naturales únicos como Guadarrama o Monfragüe. En ese momento el barrio se me hizo más amigable.

Sí, colirrojo tizón. ¿No lo conoces? ¿Tampoco sabes cómo es un cernícalo, un vencejo, una lavandera, un chochín (no te rías, se llama así y es un cantante espectacular), un acentor o un carbonero garrapinos? Pues son tus vecinos de toda la vida. Nuestra biodiversidad más cercana. Y están desapareciendo.

Debería preocuparnos su ausencia. Porque si las ciudades no son saludables para especies animales que llevan miles de años acompañándonos, tampoco lo serán para nosotros. Y cada vez lo son menos, insanos espacios donde solo la contaminación atmosférica ya mata a más personas en el mundo que el tabaco; más de 400 españoles al año, que se dice pronto.

Humos, ruidos, basura, plásticos, herbicidas, pesticidas, hormigón, vidrio, acero. Según datos de SEO/BirdLife, el número de especies de aves comunes en declive casi se ha triplicado en los últimos diez años en España, de 14 especies a las casi 40 actuales. Qué paradoja. Las aves comunes empiezan a ser las menos comunes. Nos quedamos sin esos vecinos hermosos. Y sin ellos la vida es más triste. Y más peligrosa.