2017 ha sido declarado por las Naciones Unidas Año Internacional del Turismo Sostenible. Su presentación oficial coincide con la inauguración esta semana de Fitur, la Feria Internacional de Turismo de Madrid, donde se comienza a prestar mucha atención a las ofertas más ecológicas y beneficiosas para las comunidades locales. No es una tendencia. Es una necesidad. El turismo puede mejorar el mundo o directamente destruirlo. Muchas grandes ciudades turísticas como Venecia, Ámsterdam, Praga o Barcelona están empezando a morir de éxito. Si vamos como borregos a donde nos lleven en masa, para visitar cinco ciudades de Italia en seis días o conocer el parque nacional del Teide en los diez minutos que tardamos en bajar del autobús, hacernos la foto y seguir corriendo el itinerario diseñado por el touroperador a mayor gloria de sus intereses empresariales, escaso desarrollo económico llevaremos a esos lugares. Nuestros dineros se quedarán en destino, con los intermediarios, y en origen apenas dejaremos los restos de bocadillos y las latas vacías de los refrescos. De regreso a casa no tendremos ni idea de dónde hemos estado, cómo viven allí sus gentes, cómo es su paisaje, su historia ni por supuesto su forma de ser más allá de la del guía que nos toque en suerte o el simpático camarero del hotel, seguramente ambos inmigrantes. Eso no es viajar.

Estamos cambiando. A la hora de planificar un viaje ya no miramos tan solo los preciosPor suerte estamos cambiando. A la hora de planificar un viaje ya no miramos tan solo los precios. Buscamos experiencias, hacer cosas muy especiales relacionadas con la cultura, el deporte, el arte y el patrimonio, la gastronomía, la naturaleza, el senderismo o la observación de aves. Conocer y disfrutar nuevos parajes, aunque algunos estén en el pueblo de al lado. En realidad perseguimos sensaciones, pedacitos de felicidad que quedarán en el recuerdo como algo indeleble. Acciones bellas si además logran ser igualmente beneficiosas para el entorno visitado, pues gracias a nuestro interés turístico esos lugares serán mimados por las administraciones, habrá más y mejores infraestructuras pero, por encima de todo, se cuidará el paisaje y paisanaje que tanto nos atrajo.

Con más de mil millones de turistas internacionales viajando cada año por el mundo, el turismo se ha convertido en una poderosa herramienta transformadora con decisiva influencia en la vida de millones de personas. Ya no vale cualquier cosa. Los destinos pugnan por transformarse en lugares sostenibles donde se potencia la gestión eficiente y responsable de los recursos y el compromiso medioambiental. Especialmente en España se apuesta ahora por el turismo tranquilo, rural, de temporada baja y media, frente al congestionado periodo estival.

El turismo se ha convertido en una poderosa herramienta transformadora

La nueva oferta ‘hacia lo salvaje’ es tan infinita como sugerente. Sirva como ejemplo Canarias, donde frente a la típica promesa de sol y playa Fuerteventura brinda 21 rutas y 255 kilómetros de senderos sin coches a través de paisajes espectaculares, La Palma ofrece disfrutar las estrellas en sus cielos declarados Reserva StarLight, El Hierro te invita a la aventura de descubrir el misterio de los grabados aborígenes de El Julan, Gran Canaria se enorgullece de un patrimonio arqueológico donde la Cueva Pintada y la gran cúpula de Risco Caído están a punto de convertirse en Patrimonio de la Humanidad, Tenerife es uno de los mejores lugares del planeta para ver ballenas y delfines en libertad, La Gomera apuesta por el turismo ornitológico en sus selvas de Garajonay y Lanzarote sugiere conocer un paisaje volcánico trufado de vinos únicos. En Baleares no se quedan a la zaga y su oferta de invierno es infinitamente más atractiva que la de verano. Castellón exhibe olivos milenarios. Y hasta Zamora añade a sus tesoros artísticos los naturales ofreciendo turismo lobero en la sierra de la Culebra, donde estos animales dan ya más dinero vivos que cazados. Con unas propuestas así, ¿quién no se apunta al turismo salvaje?