Hace no mucho, demasiado tiempo, en invierno hacía frío. Ibas al colegio tirando bolas de nieve a los carámbanos de hielo que colgaban de los canalones de las casas. Si tenías buena puntería y caían sin romperse, luego los chupabas a modo de triste helado transparente. Llegabas a clase congelado, pues el paño de la trenca o de ese austriaco heredado apenas calentaba. En casa envidiábamos el abrigo de visón de mi tía abuela Rafa. De lomos, te decían. No lo toques con esas manos. Y lo tocabas, claro. Qué suave. Cuánto calor dará. La abuela Juliana tenía menos posibles. Pero cuando había que ir elegante se enroscaba al cuello una estola de visón. Eran dos animales enteros, con ojos de cristal y pequeños bigotes, enfrentados y cosidos por los hocicos. A mí me fascinaban. Trataba de imaginármelos vivos, saltando por el campo como veía que hacían los turones en los programas de Félix Rodríguez de la Fuente, peleando a vida o muerte con una culebra de escalera. Imposible. Los del armario olían a naftalina, nada más alejado de la naturaleza.

Los abrigos de pieles tampoco abrigaban tanto,  se compraban para presumir

Hoy es posible que haya en España más visones europeos disecados, conservados entre naftalinas, que vivos. Ya no los cazamos para arrancarles la piel, pero su situación es dramática por culpa de nuestra estupidez congénita. Los abrigos de pieles tampoco abrigaban tanto. En realidad se compraban para presumir; denotaban cierta posición social. Todas las señoras soñaban con tener uno. Ante el aumento de la demanda se puso de moda abrir grandes granjas de cría de una especie semejante y más rentable para las peleteras, el visón americano. También se puso de moda entre algunos descerebrados mal llamados ecologistas entrar en estas instalaciones, abrir las jaulas y soltar por el campo miles de estos voraces carnívoros procedentes del otro lado del Atlántico. La liaron parda. Los americanos son terriblemente agresivos y arramplan con todo bicho viviente, incluidos sus primos europeos. Están acabando con ellos. Apenas quedan 500 ejemplares de la especie autóctona. En cinco años es posible que muera el último. Habremos sustituido una joya natural por una mala copia de granja.

Los visones están en las últimas. Como lo están los lobos, los linces, los osos o los desconocidos desmanes de los Pirineos, uno de los animales más raros de nuestra fauna, algo así como un pequeño ratón carnívoro de hábitos acuáticos. Son el club de los últimos latidos de vida de unas especies que llevaban cientos de miles de años campando felices por la península ibérica. Hasta que llegamos nosotros y empezamos a destruir su hábitat. Soltando especies invasoras, talando y quemando bosques, contaminando ríos, emponzoñando la tierra. Matándolos a tiro limpio porque no nos gusta su cara o nos gusta demasiado su piel. Triste club de perseguidos. De especies en peligro de extinción. Siete de ellas son mamíferos, 21 aves, siete reptiles, dos anfibios, 10 peces, 18 invertebrados, 127 plantas. Un club de 200 taxones dando sus últimos latidos de vida.

Los visones están en las últimas. Como lo están los lobos, los linces, los osos...

Los postreros ejemplares en el mundo de jara de Cartagena o tajinaste de Jandía han vuelto a florecer estos días. He tenido la fortuna de conocerlos en sus últimos reductos, desplegando una belleza única y tristemente solitaria. Igual que vi a la última pareja de cercetas pardillas de Canarias alimentando a su última pollada antes de desaparecer. El último quebrantahuesos de Burgos. Los últimos camachuelos trompeteros de Tenerife. Las últimas águilas pescadoras de Fuerteventura.

El futuro de las especies en peligro de extinción ha salido de nuestras agendas. Ya no interesa. La mayoría apenas solo sobreviven en el recuerdo de unos pocos científicos empeñados en su conservación. Personas entregadas a la defensa de la biodiversidad y cuyas protestas pidiendo más medios, mayor compromiso de la sociedad, tan solo son, como dijo el replicante Roy Batty en la película Blade Runner, lágrimas en la lluvia.