La fuente de la eterna juventud, símbolo de la aspiración del ser humano por la inmortalidad, es un legendario mito que supuestamente devuelve lozanía a quien beba de sus aguas. Herodoto la localizó en Etiopía, donde gracias a ella la gente llegaba a los 120 años. El explorador español Juan Ponce de León la buscó infructuosamente en Florida. Siglos antes, los alquimistas se obsesionaron por lograr el elixir de la vida, poción mágica que garantizaba la juventud, complemento perfecto a las riquezas obtenidas con la mítica piedra filosofal. Algunos como Fausto incluso vendieron su alma al diablo con tal de lograrlo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero seguimos igual, aferrados al sueño de no envejecer jamás: cremas, dietas milagro, productos exóticos, cirugía, bótox… Vanitas pecata mundi (la vanidad es el pecado del mundo). Aspiramos a lo imposible. Ponernos delante del espejo y, a semejanza de la espléndida cortesana Thaïs en la ópera de Massenet, gritarle desesperados a nuestra propia imagen: "Dime que yo soy bello, que yo seré bello eternamente".

Seguimos aferrados al sueño de no envejecer jamás: cremas, dietas milagro, cirugía...

Y sin embargo, la eterna juventud existe. La disfrutan las aves, da igual la especie. En cuanto adquieren el plumaje de adultos, su semblante ya no cambiará jamás. No conocen las arrugas ni las canas, las calvicies o las pieles flácidas.

Ellas sí que son eternamente bellas. Como Wisdom (sabiduría en inglés), una hermosa hembra de albatros de Laysan. No solo es el ave conocida más longeva del mundo. También ostenta el récord mundial de maternidad. A sus 66 años acaba de volver a ser madre una vez más. Después de dos meses de incubación de su único huevo y gracias a la estrecha colaboración de su compañero Akeakamai, este albatros ha sacado adelante su trigésimo séptimo pollo. 37 hijos, que se dice pronto.

La buena e increíble noticia llega casi al mismo tiempo que una muy mala nueva. Chandler S. Robbins, el científico que en 1956 le entregó al pájaro el carné de identidad al colocarle en el tarso de la pata derecha una anilla metálica con su identificación vital, falleció el pasado 20 de marzo a los 98 años de edad.  Cuando Robbins anilló a Wisdom en una de las colonias del remoto atolón de Midway, cercano a Hawái, tenía 38 años. La del albatros no se pudo saber con exactitud, pero como en ese momento ya era un ejemplar reproductor se le calcularon cinco años, que es el mínimo que tardan estas aves en ser adultos, aunque podría tener muchos más. Digamos que nació antes de 1951.

Las malditas aves mudan cada año sus plumas y rejuvenecen con cada primavera

Veo las fotografías de Robbins a lo largo de su prolífica vida y las comparo con las que año tras año se le han ido haciendo a Wisdom y no salgo de mi asombro. Mientras los humanos envejecemos a una velocidad que mete miedo, las aves se mantienen eternamente jóvenes. Las malditas aves mudan cada año todas sus plumas y rejuvenecen con cada primavera, mientras que nosotros año tras año somos más viejos. El acortamiento progresivo de nuestros telómeros cromosómicos acaba provocando la muerte celular.

Pero no todas las aves viven y sobreviven igual. Hasta que logran aprender los trucos para evitar miles de peligros diarios, su riesgo de morir en los primeros años es altísimo. En el caso de las grandes águilas y buitres, seis o siete de cada diez no llegarán a poner su primer huevo. Tampoco es igual la esperanza de vida de un petirrojo o una golondrina, inferior a los cinco años, que los 25 que puede superar una cigüeña o los 35 años de una gaviota. Ni es lo mismo vivir salvaje, afrontando riesgos de todo tipo, que encerrado, pero protegido en un zoo, donde, por ejemplo, una cacatúa australiana llegó a soplar 80 velas.

Condenados animales. Además de estar dotados para algo tan increíble como es volar, además de ser capaces de orientarse en medio del mar o en la espesura del bosque, además de ser tan bellos, cantar como los ángeles y jugar con el viento, los pájaros tienen el secreto de la eterna juventud. ¿Cómo no los vamos a envidiar?