Es difícil llevarse bien con las lechuzas. Ellas nocturnas, sigilosas, individualistas, discretas. Nosotros diurnos, ruidosos, sociales, violentos. Ellas devoradoras de ratones y topillos que se tragan crudos de un bocado. Nosotros refinados gourmets. Ellas pésimas cantantes con ese raro ulular, más cercano a los gemidos y resoplidos que al gorgojeo musical de muchas de las avecillas que tanto se parecen a nuestra música. Ellas ateas (se supone) pero para nosotros símbolo de la ultratumba (si es que existe), del inquietante mundo de los fantasmas, las brujas y los demonios. Será por todo eso que tienen tan mala fama, aunque quizá no tanta pues los socios de SEO/BirdLife la acabamos de elegir Ave del Año 2018.

Si para los aficionados a la ornitología ver o escuchar una lechuza supone una extraña, por infrecuente, alegría, imagínate para el resto. Resulta más rara que un perro verde. Prosperó y mucho adaptándose a vivir junto a nuestros pueblos y granjas, instalando sus nidos en graneros, casas abandonadas, desvanes, iglesias y hasta castillos, especializada en comerse esas plagas de roedores que tanto nos empobrecían, pero al final se ha metido en un callejón sin salida.

Como ocurrió con el sisón común en 2017, el ave de este nuevo año es fiel reflejo del mal momento que sufre la avifauna ligada a las zonas agrarias, donde la pérdida de hábitat, el efecto de pesticidas y raticidas, los tendidos eléctricos, la nueva agricultura industrial o el despoblamiento rural las está esquilmando. En el caso de la lechuza, la ONG ambiental sitúa su declive poblacional en torno al 13% en la última década, aunque en algunos puntos de la mitad sur del país el bajón llega al 50%. En la isla de Fuerteventura, donde apenas quedan 50 parejas de la que es una muy amenazada subespecie endémica, el primer ejemplar que hace unas semanas vi después de años sin toparme con ella me la encontré a la mañana siguiente muerta en la carretera, aplastada. Los atropellos, ya lo sabemos, son otra de las razones del mal estado de sus poblaciones.

La lechuza es capaz de captar el más mínimo ruido y llevarlo amplificado a sus oídos

En realidad no tienen tan buena vista como creemos. Con sus grandes y redondos ojos negros ven mejor en la noche que nosotros, pero tampoco mucho más, aunque la luz diurna no les ciega como creen algunos. Lo que sí tienen es un oído finísimo. Y una oreja increíble. Sí, oreja, una única que es su cara en forma de corazón, auténtica pantalla parabólica que junto con la cabeza mueve en giros imposibles de hasta 270 grados. Con esta singular herramienta es capaz de captar el más mínimo ruido y llevarlo amplificado a sus oídos, el derecho más alto y grande que el izquierdo para lograr una exactísima localización. Su silencioso vuelo gracias a unas plumas de terciopelo le permite aproximarse sin ser oída hacia ese leve sonido del ratón caminando por la hojarasca e incluso puede corregir la trayectoria sobre la marcha si es preciso para no fallar. Y no falla.

Siento una fascinación especial por estas aves. Mi adolescencia la pasé buscando lechuzas en lugar de admirando muchachas. Junto un grupo de entusiastas por la biología nos recorrimos toda la provincia de Burgos y subimos, ahí es nada, más de un millar de campanarios en busca de sus egagrópilas, esas bolas de pelos y huesos que escupen y nos permitieron completar un detalladísimo mapa de su distribución y la de sus presas favoritas. No oculto la dificultad. Que se lo digan a Dani cuando la bóveda de una iglesia abandonada se hundió bajo sus pies y a punto estuvo de matarse. Aunque lo más difícil fue sortear a tantos párrocos celosos que, o desconfiaban de nuestras intenciones o, directamente, temían que les fuéramos a robar los pichones de sus palomas. Si ahora repitiera el trabajo, aparte de distraerme algo más con las mujeres y hacer menos caso a los curas, imagino que no encontraría ni la mitad de las aves de entonces. Yo cada vez soy más lechuzón y ellas cada vez son menos.