La esperanza de Hoz de Jaca se llama Esperanza. Esperanza López, para más señas. Joven, entusiasta, incansable y, algo todavía más difícil, alcaldesa ininterrumpida de este diminuto pueblo del Pirineo aragonés desde hace 10 años. Espe, como allí la conoce todo el mundo, decidió un buen día que o lograba poner en el mapa a su pueblo o este acabaría en la larga lista de los más de 200 actualmente abandonados de la región. Y lo ha conseguido. Ahora todo el mundo quiere visitarlo y tirarse por la tirolina doble más alta y larga de Europa (casi un kilómetro volando sobre bosques), hacer excursiones en bicicleta eléctrica, adentrase en los búnkeres olvidados de tristes guerras, contemplar el paso de las grullas europeas en su viaje migratorio hacia Extremadura o patear una red de caminos cuyo mantenimiento se logra gracias a un peculiar programa de apadrinamiento de senderos. Las viejas casonas se restauran como alojamientos rurales, han abierto dos bares e incluso hay un singular kiosco de madera donde es posible disfrutar de deliciosos helados artesanos hechos con leche de oveja mientras se escucha buen jazz o el reclamo estridente del arrendajo.

En Hoz de Jaca cuentan con un paisaje único a medio camino entre el embalse de Búbal, a unos 1.280 metros de altitud, y la mole impresionante de un risco donde cría el quebrantahuesos. Pero especialmente les hace fuertes la singularidad de un Ayuntamiento regido en 'concejo abierto', pues todos los vecinos son concejales, con voz y voto. En teoría unos 70, pero en la práctica solo viven de forma estable unos 30 adultos. Hay también ocho niños, tres de ellos hijos de un futbolista retirado que cambió el césped de juego por esos praderíos de montaña. Como no son suficientes para tener abierta la escuela, van cada día en taxi a la de otro pueblo. Y luego estudian juntos en la sala con internet y biblioteca que la alcaldesa les ha montado en la casa consistorial.

Esperanza y sus vecinos han sabido rentabilizar la incorporación del valle de Tena y de la comarca del Alto Gállego en la Reserva de la Biosfera Ordesa-Viñamala, que justo ahora celebra su 40 aniversario. Esta singular protección preserva unos excepcionales valores naturales favoreciendo el desarrollo sostenible, el ecoturismo y la cultura de sus gentes, tal y como promueve la Unesco en las 669 reservas semejantes repartidas en 120 países. 48 de ellas están en España, agrupando a 776 municipios que ocupan el 11% del territorio nacional y acogen a dos millones de personas.

El llamado uso genérico del masculino es consecuencia del carácter no marcado de este género

He tenido la inmensa fortuna de participar la semana pasada en Ordesa en el II Congreso Nacional dedicado a estos espacios. Y allí pude ser testigo de un acuerdo singular. La aprobación de una declaración por la que se insta a la Unesco a que su programa Man and Biosphere (MaB), por el que se rigen todas las reservas, pase a denominarse en castellano 'Persona y Biosfera' en lugar de 'Hombre y Biosfera'. Una decisión que, me consta, no estuvo exenta de polémica. Yo la aplaudo. Ya sé que el llamado uso genérico del masculino es consecuencia del carácter no marcado de este género, que engloba por igual a hombres y mujeres, pero persona me parece una palabra infinitamente más bella e inclusiva. Mi padre siempre nos lo aconsejó: "En esta vida lo más importante es ser persona". Ni hombre ni mujer. Persona. Buena gente. Como la de esas tierras tan especiales de los Pirineos donde Esperanza es un sentimiento en femenino y una mujer incombustible.  

"Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa, sino lo que ama", decía san Agustín. Y más allá de las muchas cicatrices que infligimos a nuestra maltrecha naturaleza, incluso en estos espacios tan especiales, nos queda el amor, inmenso amor, por sus montañas, selvas, cascadas, nubes y nieblas, lluvias, brisas, aves y mariposas, praderas; todo bellezas en femenino. Nos queda Esperanza. Y es mujer. En femenino. Como la biodiversidad.