No arranques las rosas del océano

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE
César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
César Javier Palacios, colaborador del 20minutos.
JORGE PARÍS

En el mar hay jardines inundados de poesía. Increíbles praderas de plantas acuáticas que bailan al ritmo de las olas. Inmensos ejidos de posidonias, exclusivas del Mediterráneo, y atlánticas pampas de sebadales, más propias de las costas canarias. Tienen pinta de algas larguiruchas, pero nada más errado. Son plantas hechas y derechas, primas hermanas de los céspedes terrestres. Con raíces, tallos, hojas y hasta flores. Producen abundantes semillas gracias a un mecanismo de polinización muy especializado, pues bajo el mar, es evidente, no llegan las abejas. Las corrientes marinas son sus vientos germinadores y dispersores. A falta de árboles, estos prados oceánicos son nuestros bosques marinos ¡y qué bosques!

Se comportan como auténticos oasis de vida marítima. Su valor como protectores del ecosistema submarino es incalculable al ser exclusivos criaderos y guarderías para cientos de especies de peces e invertebrados. Funcionan además como auténticas depuradoras de sedimentos capaces de regular la calidad de las aguas costeras aportando esa transparencia única que tanto nos entusiasma a los buceadores, contribuyendo a mantener la calidad y oxigenación del entorno submarino. También actúan como barreras de protección contra la erosión de esas playas sobre las que se basa buena parte de la economía turística española. Y son unas formidables fábricas gratuitas de oxígeno, productoras diarias de hasta 20 litros del gas vital por cada metro cuadrado de pradera.

Pero ante todo resultan unos seres fascinantes. Prácticamente eternos gracias a su crecimiento clónico a través de unas raíces que van ramificando en horizontal, bajo tierra, produciendo copias suyas genéticamente iguales, en vez de elevar ramas a lo alto como harían los árboles. En 2006 se descubrió en Baleares, entre Ibiza y Formentera, un ejemplar de posidonia de 8 kilómetros de largo al que se le calculó una edad de 100.000 años, prácticamente cuando los Homo sapiens modernos empezábamos a salir de África. A pesar de estar considerado uno de los organismos vivos más grandes y longevos del mundo, este individuo grandioso no era una planta diferente a las vecinas. Fue elegido al azar. En el corazón de la misma pradera donde vive el Matusalén balear hay más de cien millones de ejemplares de idéntica especie, algunos seguramente mucho más viejos.

¿Respetaremos al menos estos jardines de las profundidades? Pues tampoco. Tan maravillosos seres están gravemente amenazados por los de siempre, por nosotros. Por nuestra creciente y disparatada presión en esas costas que ellos llevan cientos de miles de años cuidando. Contaminamos las aguas con los emisarios de esas depuradoras que no depuran, levantamos diques y otras construcciones que actúan como barreras de las corrientes naturales, derramamos hidrocarburos, tiramos al mar detergentes, plásticos y otras basuras. Incluso aniquilamos directamente las praderas con esas redes de arrastre que todo lo arrasan y hasta con algo aparentemente tan inocente como las anclas de las embarcaciones de recreo que rozan por miles los fondos marinos. Todo lo hemos puesto en su contra.

Pero todavía estamos a tiempo de volver a ser jardineros responsables de estos jardines únicos. Por ejemplo, apadrinando metros cuadrados de praderas submarinas como propone el Consejo Insular de Formentera, dinero que financiará estudios y proyectos para su protección. O fondeando tan solo en los campos de boyas autorizados por el Gobierno balear, algo cada día más difícil pues con la moda de tomar el sol desde exclusivos veleros, en las calas más bellas se amontonan centenares de embarcaciones empeñadas en tirar el ancla donde caiga.

No tienen más olor que el del salitre ni más color que el verde de la esperanza, pero como diría el genial Aute, si buscamos la razón de tanta falsedad vital sin duda la encontraremos, con dificultad pero la encontraremos, bajo estas rosas del mar.

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